jueves, diciembre 1, 2022

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Una noche inolvidable

RelatosUna noche inolvidable

La noche era perfecta, Marta estaba más guapa que nunca y Sara, como siempre, ingeniosa y alegre. Carlos se sentía feliz. No sabía que había hecho en esta vida para tener una familia tan maravillosa. No sé la merecía, eso lo tenía claro, pero se alegraba de ser tan afortunado. Marta era un encanto: atractiva, simpática, inteligente y todo corazón. Sara, a sus ocho años, un cielo: alegre, estudiosa, cariñosa y muy ocurrente. Siempre inventaba algo nuevo para sacar una sonrisa a sus padres.

Esa noche era especial, Carlos y Marta cumplían doce años juntos. Para una fecha tan señalada él se había encargado de prepararlo todo: cena en su restaurante favorito a las veintidós horas,  dejar a la niña con su madre a la medianoche, luego unas copas en un par de locales con música en vivo y para finalizar una suite en el hotel Plaza.

—La comida está deliciosa, cariño, y el vino espectacular  —Marta estaba feliz.

—Sí, papá. El vino tiene aroma y cuerpo, me está gustando mucho —Sara rio su propia ocurrencia.

Él hizo ademán de ahorcarla y los tres rieron con ganas. La niña fue un momento al baño y su mujer aprovechó el instante para acariciarle la mano derecha mientras le guiñaba el ojo.

—Hoy tengo algo especial para ti, creo que te gustará…

Él la miró intrigado y ella le mostró con disimulo un poco del sostén.

—La parte de abajo es igual, pero muy cortita.

Carlos simuló que se lo quitaba con los dientes y ambos rieron divertidos. La niña volvió en ese momento y cambiaron de tema, el actual no era para todos los públicos. Tras unos cafés cogieron el coche y se dispusieron a dejar a Sara con la abuela.

Él meditaba si no sería mejor saltarse las copas e ir directamente a la suite. Ansiaba tenerla entre sus brazos. Una mirada cómplice de Marta le hizo comprender que ella pensaba lo mismo. Entre el trabajo y la niña pocas veces tenían momentos íntimos. Dejaron la ciudad de A Coruña y cogieron una carretera secundaria que los llevaría al pueblo donde vivía su madre. La noche comenzaba a ponerse desagradable, la lluvia había hecho su aparición y un fuerte viento movía las ramas peligrosamente. Carlos redujo la velocidad, la visibilidad era escasa y la carretera no estaba precisamente en buen estado.

Unas luces largas que iluminaron el coche completamente llegaron de su espalda. Un vehículo de buen tamaño iba detrás. Carlos se echó para un lado para que los pasara, pero la furgoneta no quiso adelantarlos.

— ¿Qué pesado es? —protestó ella— Podría por lo menos cambiar las luces.

—Es un gilipollas —Carlos estaba perdiendo la paciencia— Entre la lluvia y sus luces apenas veo lo que tengo delante.

—Papá ha dicho una palabra fea, papá ha dicho una palabra fea…—cantó divertida la niña.

—Ahora no, cariño —Marta la miró inquieta — No es el momento.

La niña comprendió que sus padres estaban preocupados y giró su cabecita para ver la furgoneta.

—Papá, ese coche se está acercando mucho.

Carlos intentó mirar por el retrovisor, pero las luces lo cegaban. De repente un golpe movió todo el coche. Él tuvo que hacer una complicada maniobra para no salirse de la carretera mientras aumentaba la velocidad.

—Ese cabrón está loco —gritó muy preocupado.

Marta comenzó a tener miedo.

—Cariño, ten cuidado. Apenas vemos lo que tenemos delante.

—Lo sé, pero ese loco… —no pudo seguir. Otro golpe, esta vez más fuerte, amenazó con echarlos de la carretera.

— ¡Joder, está loco! Cariño, llama a la policía, rápido.

Ella intentó hacerlo, pero el móvil no tenía cobertura.

—Déjame el tuyo, el mío no da señal.

Carlos se lo dio mientras aceleraba un poco más. La furgoneta seguía pegada a ellos.

—El tuyo tampoco, es por la tormenta —Marta estaba muy nerviosa— ¿Qué vamos a hacer? Ese hombre está jugando con nosotros.

Otro golpe, seguido de otro más lanzó el coche contra un árbol. El impacto fue brutal y los tres quedaron aturdidos durante unos instantes. La furgoneta se mantuvo a unos cien metros de distancia iluminándolos en todo momento. Carlos fue el primero en recuperarse.

— ¿Estáis bien? Decirme algo, por favor.

—Sí, papá —contestó la  niña llorando— Tengo miedo.

—Estoy bien —Marta se tocó la cabeza y notó algo de sangre— No te preocupes, es solo un golpe.

—Ese malnacido va a saber quién soy yo —Carlos abrió la puerta con la intención de salir, pero ella lo agarró con fuerza del brazo.

— ¿Qué vas a hacer? No salgas. Ese hombre está loco. Lo mismo te atropella. Por favor, sácanos de aquí.

Él dudó unos instantes, pero al final accedió. No tenía miedo de enfrentarse a él, pero sí de dejarlas solas. Si algo le pasaba su familia estaría totalmente indefensa. Intentó arrancar, pero el vehículo no respondía. Carlos insistió una y otra vez.

—Ahí viene —gritó ella aterrada— Arranca por Dios, nos va a embestir.

Carlos miró hacia esas luces tan desagradables y comprendió que se estaba acercando. Desesperado volvió a intentarlo mientras la furgoneta se acercaba más y más.

—Ya está ahí –gritó ella mientras le pedía a la niña que se agarrara con fuerza.

— ¡Arranca, maldito, arranca! —gritó él fuera de sí mientras el impacto ya era inminente. En el último instante el coche respondió y pisó el acelerador a fondo. La furgoneta chocó contra el árbol mientras el vehículo se perdía en medio de la noche.

—Lo has conseguido, papá. Eres el mejor —comentó la niña aliviada.

Marta no dijo nada. Miró hacia atrás esperando ver aparecer a ese loco en cualquier momento, pero todo estaba oscuro. Respiró aliviada y acarició la pierna de su marido.

—Ha faltado poco, cariño.

Él no dijo nada, el miedo seguía atenazándole y dudaba que la furgoneta hubiera quedado inutilizada.

—Debemos estar cerca de la casa de tu madre.

—No tengo ni idea —respondió desconcertado— Entre la tormenta y huir de ese loco, no sé qué camino he tomado. Creo que nos hemos perdido, pero no podemos estar lejos.

Marta asintió mientras miraba una y otra vez hacia atrás.

—Me da igual, como si acabamos en Bilbao. Mientras no volvamos a tener noticias de ese demente me doy por satisfecha.

— ¡Con lo bien que iba la noche! —Carlos suspiró apenado— Y lo qué costará el arreglo…

—Olvídate de eso. Lo importante es que estamos a salvo y lo otro… no te preocupes, haré que no olvides esta noche fácilmente.

Él miró unos instantes para su mujer y vio deseo en su mirada. Sonrió, tal vez aún pudiera ser una gran noche. Un golpe muy fuerte movió nuevamente el vehículo. Miró por el retrovisor y distinguió con dificultad a la furgoneta.

—Ahí está otra vez ese maldito demente. Ahora sin luces.

— ¿Qué vamos a hacer? Líbranos de él, por favor —Marta estaba muy asustada.

—Mamá, tengo miedo –gritó Sara mientras la furgoneta volvía a golpearlos.

Carlos aceleró mientras rezaba para que no se pusiera delante nada anormal. Apenas conseguía ver más allá de unos metros. La furgoneta se puso detrás de ellos, pero durante unos metros no volvió a golpearlos.

— ¿Qué quiere ahora de nosotros? —Marta estaba fuera de sí.

—No lo sé —gritó Carlos desesperado— No lo sé.

La furgoneta se pegó a ellos y comenzó a empujarlos hacia adelante obligándolos a meterse entre la maleza y las piedras.

—Nos va a estrellar contra algo —gritó ella muy asustada.

Carlos pisó el freno con fuerza, pero de nada sirvió. Las ramas golpearon contra el parabrisas y lo estallaron. Los estaba llevando hacia un lugar apartado de la carretera. Como la lluvia había cesado podían ver algo más, pero no demasiado

—Papá, tengo mucho miedo —gritó Sara llorando.

—No pasará nada, cariño. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te diga.

La niña lo hizo mientras canturreaba en bajo para intentar olvidarse del miedo que en esos momentos hacía temblar su pequeño cuerpo.

— ¡Dios mío, Dios mío! —Marta no pudo evitar llorar presa de los nervios.

Carlos frenó a fondo, pero la furgoneta seguía empujándolos hacia un lugar desconocido. De pronto el mar apareció a lo lejos y él comprendió lo que pretendía.

—Tenéis que saltar, tenéis que saltar en cuanto yo os diga —gritó muy alterado.

— ¿Qué? —Marta lo miró con incredulidad— Nos mataremos. Además, con la niña seremos presa fácil para ese hombre.

Él miró a su mujer con la cara desencajada.

—No lo entiendes… nos va a arrojar al vacío.

Ella lloró con fuerza mientras la desesperación más absoluta se apoderaba de todo su ser.

—No… no… ¡por Dios, no!

Carlos divisó el acantilado a pocos metros e intentó una acción desesperada. Giró el volante con fuerza mientras tiraba hasta arriba del freno de mano. El coche hizo un movimiento extraño y la furgoneta pasó de largo cayendo al vacío. Marta y Sara gritaron con fuerza mientras intentaban agarrarse. El vehículo dio un par de giros más y se detuvo justo en el borde. Dos de las ruedas estaban en tierra mientras las otras dos flotaban en el aire. El vehículo estaba a punto de caer al vacío.

— ¡Salir ya! ¡Rápido! —ordenó Carlos con determinación.

—Pero ¿y tú? —Marta lo miró con temor— Salta tú también. Los tres a la vez, lo conseguiremos.

Él la miró unos instantes en silencio. Le hubiera querido decir tantas cosas: que la amaba, que  era el amor de su vida, que adoraba su sonrisa, sus manías, sus pequeños defectos… pero no había tiempo.

—Iros ya, por favor. Os quiero, nunca lo olvidéis.

Sara comprendió lo que estaba a punto de ocurrir y gritó desesperada.

—Papá, no. Sin ti, no.

Carlos notó como las lágrimas comenzaban a asomar en sus ojos y le hizo señas a su mujer para que salieran ya. Ella negó con la cabeza, no podía hacer eso… no podía.

— Por favor, salir ya o moriremos los tres.

Marta siguió negando con la cabeza, incapaz de moverse. De pronto el coche comenzó a inclinarse para adelante y ella saltó a la parte de atrás, junto a su pequeña.

—Ahora o nunca, Marta. Vamos, ya, hacerlo –gritó él desesperado.

Ella agarró a su pequeña y salieron justo cuando el vehículo se precipitaba al vacío.

Con el corazón roto y un mar de lágrimas recorriendo sus mejillas dio el último adiós a su marido mientras una explosión se oía en el fondo del acantilado.

—Papá… papá —decía la niña sin cesar mientras Marta la cogía en brazos y la besaba.

—Lo sé, cariño, lo sé.

Un vehículo de la policía apareció a los pocos minutos y se hicieron cargo de ellas. Apenas les hicieron preguntas, el rostro desencajado y la profunda tristeza que expresaban sus ojos aconsejaban dejarlo para otro momento.

Fue así como una noche que prometía ser inolvidable lo fue, pero de una manera que nunca hubieran deseado.

© Clemente Roibás. Todos los derechos reservados.

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