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Triscaidecafobia

RelatosTriscaidecafobia

Por EMPAR FERNÁNDEZ

 

Triscaidecafobia: Se conoce con este nombre al miedo irracional al número 13.

Era aquel uno de los mayores complejos de ocio de la ciudad. Más de 20 salas de proyección, algunas de ellas con un aforo que sobrepasaba las 200 personas. No era un campo de futbol, pero en las sesiones más frecuentadas se reunían varios miles de personas, una verdadera multitud. Que el cuerpo sin vida hubiera sido encontrado al finalizar la última sesión en la butaca número 13 de la fila número 13 de la sala número 13; no podía ser una casualidad. Que el cadáver ocupara parte de la butaca colindante parecía, a juicio del subinspector Mauricio Tedesco, una circunstancia completamente irrelevante. Al morir la mujer se había derrumbado sobre su costado derecho de forma que su rostro, vencido y en una postura imposible, casi rozaba el asiento vecino.   Mientras su brazo derecho quedaba bajo su tórax, el izquierdo pendía junto a sus costillas y sus piernas permanecían abiertas y encajadas entre el asiento y la fila delantera.

A primera vista era una mujer alta y corpulenta que vestía pantalón y camiseta de mala factura. La melena, rubia de tinte y descuidada, ocultaba su rostro casi en su totalidad. Tendría unos cuarenta y pocos, aunque en aquellas circunstancias su edad resultaba muy difícil de apreciar. Las gafas, grandes y de color violeta con brillantes diminutos en el arranque de las patillas, descansaban en el suelo. Entre los dedos de su mano derecha la entrada que correspondía a la butaca que ocupaba.

Un joven con la gorra roja que lo identificaba como empleado y el polo con el logo de la empresa sobre el pecho, aseguraba que apenas eran cinco los espectadores que asistieron a la proyección incluida la mujer muerta. Le temblaban las manos y apenas conseguía fijar la mirada. Había descubierto el cadáver al verificar que la sala se había vaciado.

El chico se había acercado a la mujer y le había sugerido inútilmente que abandonara la sala. Segundos después se había decidido a zarandearla levemente creyéndola profundamente dormida. La mujer no abrió los ojos desorientada ni le miró con cara de susto. Fue entonces cuando las gafas cayeron primero sobre su regazo y después al suelo.

-Estaba muerta, cuando la toqué estaba muerta. Completamente muerta-aseguraba mientras las manos se agitaban en el aire y parecían no responderle.

El agente que tomaba las primeras notas hizo una mueca que el chico no advirtió. Por lo que él sabía los muertos siempre estaban completamente muertos. No había un estado de semimuerte, no se podía estar parcialmente muerto.

Según acertó a decir y, según corroboraron las entradas vendidas, los espectadores fueron 5 y solo uno de ellos compró la entrada por internet y escogió personalmente la butaca que deseaba ocupar: María Isabel Revuelta. La fallecida había facilitado el número de la tarjeta de crédito que los agentes encontraron en su bolso junto a la documentación. El joven creía recordar que uno de ellos, un hombre con una sudadera negra y con la capucha calada, había abandonado la sala justo antes de que finalizara la proyección, pero no podía asegurarlo. El resto salió durante los créditos.

Todas las luces de la sala permanecieron encendidas desde que el chico atribulado advirtió la presencia del cadáver y dio la alarma hasta que, realizadas las fotografías del escenario y examinados y recogidos los restos materiales cercanos al cuerpo, su levantamiento fue ordenado por el juez.

 Las últimas sesiones de los domingos nunca eran concurridas, de haber podido la empresa que gestionaba el multisalas las hubiera suprimido de inmediato por que generaban pérdidas. El director suplicó repetidamente que la muerte de la mujer en una de sus salas no llegara a la prensa.

 -La cosa está jodidamente mal. Solo nos faltaba un cadáver. Si además se comenta que la mujer ha muerto en la butaca 13 de la fila 13… Esto no puede llegar a la prensa.

Y tras unos instantes de silencio durante los cuales el subinspector Tedesco se limitó a encogerse de hombros.

A su espalda un agente de policía susurró a su compañero:

-Yo, si fuera él, arrancaría la butaca.

Mauricio Tedesco había leído que algunos hoteles, incluso algunos hospitales, habían eliminado la habitación número 13 y pasaban directamente de la 12 a la 14, que algunos personajes populares y especialmente supersticiosos eludían el número en cuestión y utilizaban la fórmula: 12 + 1. Conocía la mala suerte que decían acompañaba en algunas culturas al viernes 13, sabía que algunas líneas aéreas pasaban en sus aviones de la fila 12 a la 14 y que en algunas ciudades se eliminaba la 13ª Avenida. Al indagar un poco más comprendió que incluso plantas enteras de edificios quedaban suprimidas por la creencia en un mal fario. Para un hombre profundamente racional como el subinspector la mala fortuna que acompañaba al fatídico número 13 no dejaba de ser una superstición que según algunos entendidos tenía su origen en el hecho de que 13 eran los comensales en La Última Cena.

Resultaba difícil creer que María Isabel Revuelta escogiera su butaca en la fila 13, justo la penúltima de una sala de tamaño medio, por pura casualidad. Tedesco se interesó por el número y por las falsas creencias asociadas. Descubrió que el miedo irracional y paralizante al 13 estaba catalogado y se conocía como triscadecafobia y que afectaba a un número sorprendente de personas que recurrían a diferentes estrategias para ignorarlo.

Dado que no se habían encontrado signos de violencia en el entorno inmediato el subinspector poco más podía hacer. Estaba obligado a esperar los resultados de la autopsia que le sería practicada al cadáver durante las próximas horas.

Ojeó lo que habían conseguido saber hasta el momento: María Isabel Revuelta, a la que familiares y amigos llamaban Maribel, era cajera en un supermercado desde que a los 17 años abandonó el instituto. Tenía 42 años y había estado casada con Eloy García, un conductor de autobús, su primer novio. El matrimonio decidió separarse de común acuerdo cuando su único hijo alcanzó la edad de 5 años. Mantenían unas relaciones tensas. A la mujer no se le conocían nuevas parejas. Según explicó Eloy García al agente que se puso en contacto con él, Maribel acostumbraba a ir al cine los domingos alternos, siempre a la última sesión. Era su forma de alargar el fin de semana en solitario. Al día siguiente su exmarido llevaba a Rubén, un adolescente de 14 años, al instituto al que asistía por obligación y con manifiesta desgana.

Tedesco corrigió su postura en la silla sin conseguir aliviar el dolor en las lumbares y ordenó a una agente que atravesaba el pasillo con una taza de café que hiciera entrar a Rosario, la amiga de Maribel y la persona que mejor parecía conocerla, en cuanto llegara a la comisaría.

La mujer que la agente condujo hasta el despacho de Tedesco pocos minutos más tarde se apoyó en el marco de la puerta antes de cruzar el umbral. El subinspector estuvo a punto de levantarse para ayudarla. Era menuda, tenía la frente alta y breve y peinaba el pelo corto y muy liso. No había en su rostro, devastado por las lágrimas, ni rastro de maquillaje. Sostenía un pañuelo arrugado, y probablemente húmedo, en la cercanía de sus ojos y todos sus rasgos faciales parecían haberse desplazado hacia abajo, hacia el suelo: las comisuras de sus labios, las de sus ojos, las bolsas de sus párpados, incluso el extremo de su nariz enrojecida.

Tedesco se puso en pie y la invitó a sentarse. La mujer titubeó y acertó finalmente a retirar la silla y acomodarse frente al policía. Con un gesto el subinspector le indicó a la agente que no abandonara el despacho.

-Es usted Rosario Arnal y si no me equivoco era usted amiga de Maribel Revuelta.

La mujer asintió y las lágrimas desbordaron sus ojos. Susurró:

-No puedo creer que esté muerta. Es…

Tedesco respetó el silencio. Sabía mejor que nadie que toda persona tiende a llenar los espacios en blanco. Siempre.

-Es tan triste. ¿Sabe? Nos conocíamos desde hace muchos años, desde la escuela. Trabajábamos en el mismo supermercado, llevábamos tanto tiempo juntas… Yo perdí a mis padres y no tengo hermanos, Maribel era…

Rosario Arnal bajó la cabeza, se llevó el pañuelo a los ojos y ahogó como pudo un sollozo. La agente, que esperaba junto a la puerta, miró al subinspector que le indicó que no se moviera.

-¿Tiene usted alguna idea de lo que puede haberle pasado? No hemos encontrado heridas, ni golpes…

-No estaba enferma. No, que yo sepa. Si hubiera tenido algo importante, algo grave, yo lo sabría, se lo aseguro. A Maribel le dolían los huesos, se le cargaban las piernas de estar tantas horas de pie, como a todas, y había días que estaba muy cansada. Pero nada grave. Y si no me lo explicó a mí…

Tedesco anotó algo en un papel. Tomaba notas, aunque no necesitaba hacerlo. A pesar de su edad ya avanzada nunca olvidaba nada de lo que declaraban los que se sentaban al otro lado de su mesa. Con el índice remontó las gafas que resbalaban nariz abajo y prosiguió:

-¿Cómo era la relación con su marido?

-Mala. Apenas se hablaban. Y cuando lo hacían era para reprocharse algo. Además, Eloy no siempre cumplía.

Que la mujer sentía aversión hacia el ex marido de su amiga, quedaba claro en la expresión despectiva de su rostro. Entre amigas a menudo la complicidad comportaba participar del rechazo, solidarizarse en la dificultad y compartir adversarios.

-Cuando dice que Eloy García no siempre cumplía, imagino que se refiere a la pensión.

La mujer asintió.

-Eloy prefería comprarle a Rubén un juego de la Play que pasarle la pensión a Maribel. Es un cantamañanas. Y quien dice un juego de la Play dice unas zapatillas de 200 euros…

-Entiendo. ¿Sabe si alguien tenía algo contra ella? No sé. Celos, envidia, alguna deuda pendiente…

-¿Contra Maribel? -preguntó la mujer que había abierto mucho los ojos de escleróticas enrojecidas y enfrentaba la mirada de Tedesco-. Maribel era un trozo de pan, una bendita. Demasiado buena. A veces hasta parecía tonta.

-¿Era una persona supersticiosa?

-Sí, creía en la mala suerte. Se santiguaba si veía un gato negro, evitaba pasar bajo una escalera… Ese tipo de cosas.

-¿Algún problema con el número 13?

-No en especial. Sé que no le gustaba, que si podía lo evitaba, pero nada del otro mundo. Las cajeras no podemos tener problemas con los números.

-Si tuviera que explicarme cuál era el problema más grave de Maribel.

Rosario suspiró sonoramente y sacudió la cabeza como si pudiera apartar las lágrimas a fuerza de cabecear, como lo haría para librarse del agua un perro empapado.

-A ella no le gustaría. Aunque ahora ya… Yo lo sé porque lo vi, porque pasaba por su casa y porque ella acabó por explicarme lo que ocurría. Maribel callaba, pero había días que…

La mujer se interrumpió y bajó la mirada hasta sus manos que descansaban sobre la mesa.

-No creo que vaya a molestarle lo que pueda decirme -apuntó Tedesco para alentarla a continuar.

-El problema de Maribel era su hijo, Rubén. Tiene 14 años, va para 15 y es un malnacido. Ella se enfadaría conmigo si me oyera, me odiaría por hablar así, pero es lo que es, un malnacido. Maribel vivía de su sueldo y de lo que le pasaba Eloy cuando se lo pasaba. No le sobraba nada, puede usted imaginar.

Tedesco asintió. Podía.

-El caso es que desde pequeño Rubén tuvo todo lo que quiso y más, era un niño consentido. Maribel no tenía un no y su padre, que pasaba poco por casa, tampoco. Tenía lo que pedía y los dos decían amén a todo. Si no estudiaba ya lo haría cuando madurara, si rompía un vaso en un ataque de rabia, era una chiquillada. Nada tenía importancia, todo se lo perdonaban. No sé si me explico…

-Se explica usted perfectamente, continúe.

-Cuando se separaron todo fue a peor. El crío hacía lo que le venía en gana cuando le veía en gana. Nadie le llevaba la contraria nunca. Nunca. Por nada. Cuesta creerlo, pero así era. Ni Maribel ni Eloy. Él todavía menos. Yo creo que ella comprendía que se estaba equivocando, pero ya no podía…

Permaneció unos instantes en silencio. Rememoraba.

-Y si le decías alguna cosa, si le hacías alguna observación se entristecía, se enfadaba y decía que quería evitar que Rubén se traumatizara. Llegó a decirme que no me metiera en su vida. Y ya sé que suena mal, pero yo creo que una torta a tiempo…

Tedesco cabeceó a modo y manera de conformidad. También él tenía una hija, Marina. La adoraba.

-Ahora no hay manera de que Rubén haga una cosa si no quiere hacerla. Si no le apetece levantarse, no se levanta. Va al instituto cuando se le antoja, contesta a los profesores, se enfrenta a ellos y no da palo al agua. Yo creo que en el instituto están más tranquilos si no aparece. En su casa si necesita dinero, lo coge. Y si no lo encuentra, lo exige. Y si Maribel no se lo daba…

-¿Qué es lo que pasaba si no se lo daba? -inquirió el inspector que anticipaba ya la respuesta de Rosario.

-Si no se lo daba porque no lo tenía, se desataba un infierno. Gritaba, rompía lo primero que pillaba, amenazaba con pegarle fuego a la casa con ella dentro… Pero eso no era lo peor, lo peor era que no solo eran amenazas. Le levantaba la mano y le había pegado más de una vez y de dos. Ella mentía en el trabajo. Decía que se había golpeado con la puerta del armario de la cocina para justificar un ojo morado o un labio partido. Pero yo lo vi una vez. Quería una cazadora de piel y empezó a gritar y a sacar vasos y platos de un armario y a estamparlos contra el suelo, daba patadas contra lo primero que pillaba, levantaba las sillas y…

Las lágrimas aparecieron de nuevo y desbordaron sus párpados. Sus palabras brotaban atropelladamente y le temblaba el labio inferior como si reviviera la escena en toda su violencia.

-La amenazó, pero no había dinero ni en el monedero ni en el cajón de la mesita. Rubén le tiró un vaso a la cabeza. Maribel gritó y se llevó una mano a la frente. No había herida. Yo me acerqué a ella. Rubén me llamó lo que quiso y me apartó de un empujón. No sé si le he dicho que se pasa las tardes en un gimnasio con los colegas.

Rosario hizo una nueva pausa, se llevó el pañuelo a los ojos y suspiró.

-Maribel lloraba y le aseguraba que no tenía nada y que no podía dejarle la libreta porque quedaba lo justo para el alquiler. Llegó a decirle que lo sentía mucho, que ella comprendía que él necesitaba… Era un disparate. Una locura.

-Comprendo.

-Maribel para justificar a su hijo decía que Rubén pasaba por una adolescencia difícil, que la edad era muy mala, que la separación no había ayudado y qué sé yo… Y juraría que cuando Rubén estaba con Eloy pasaba tres cuartos de lo mismo. Por eso para Maribel los únicos días buenos eran los que Rubén pasaba con su padre. De viernes por la tarde hasta el lunes a mediodía de los fines de semana alternos. Eran sus días. Por eso, si tenía dinero, iba el domingo al cine a la última sesión, así alargaba el tiempo. Ella no lo decía, pero yo sabía que era así. A veces yo la acompañaba.

La mujer se llevó las manos abiertas a los ojos y ocultó la cara. Sollozaba.

-Gracias por su testimonio, Rosario. Y créame que lamento su pérdida -añadió tendiéndole la mano.

La mujer retiró la silla, se puso en pie y estrechó la mano del policía. Era una mano húmeda de dedos menudos y huesos a flor de piel. Incapaz de despedirse Rosario inclinó la cabeza y la acercó a su hombro derecho. Parecía a punto de derrumbarse. El subinspector le indicó a la agente que la acompañara hasta la salida.

Mal asunto, pensó. Sabía muchas más cosas sobre la fallecida, pero nada de cuanto sabía le permitiría avanzar en la investigación. Rubén había cenado en casa de su padre aquella noche y había permanecido mirando la televisión hasta la madrugada. Fue el chico el que atendió el teléfono cuando la policía comunicó a la familia el fallecimiento de Maribel.

El resultado de la autopsia llegó al día siguiente. En la sangre de Maribel se habían encontrado altas concentraciones de somníferos y de antidepresivos tricíclicos. Por separado quizás no hubieran ocasionado su muerte, pero conjuntamente parecían los responsables del fallo cardíaco. Por otra parte, junto a la butaca número 13 de una de las filas delanteras los agentes habían hallado una botella de agua vacía en la que se habían encontrado sus huellas. Todo hacía pensar en una ingesta voluntaria con resultado de muerte.

Y, aunque todo lo anterior resultaba irrebatible y una situación como la que atravesaba Maribel era más suficiente para desquiciar a cualquiera; Tedesco se resistía a dar carpetazo al caso sin haber conseguido desentrañar el por qué de tan extravagante elección de asiento por parte de una persona supersticiosa. No conseguía descifrar qué tenía que ver en todo ello el número 13.

Llevaba horas pensando en ello y había pasado la noche entera en blanco intentando comprender por qué la butaca 13, de la fila 13, de la sala 13. Demasiada coincidencia.

A mediodía, y en un registro domiciliario en el que los agentes buscaban alguna nota explicativa y los envases de los medicamentos utilizados, fueron localizados dos blísters que podían corresponder a los fármacos causantes del colapso cardiaco. En ambos faltaban 13 pastillas.

Horas después, cuando Tedesco descolgaba la americana del perchero y se disponía a abandonar la comisaría, recibió una llamada telefónica de Rosario Arnal. Se sentó de nuevo con crujir de lumbares y se dispuso a escuchar a la mujer que parecía muy alterada.

 -¿Comisario?

Tedesco no consideró oportuno señalar que no había pasado de subinspector y que casi prefería que fuera así hasta su retiro.

-Sí, soy yo, Rosario. Diga.

-Verá, he recordado algo, creo que quizás… No sé. Igual es una tontería y no…

-No se preocupe. Usted dirá.

-Verá. He recordado el cumpleaños de Rubén. Rubén nació el 13 de enero.

El 13 de un 12+1, comprendió Tedesco casi de inmediato.

-Ustedes ya se conocían entonces. ¿Recuerda a qué hora nació Rubén?

-Hacia mediodía. A las 12 o la 1. No podría asegurarlo. Un poco antes de comer -Rosario se interrumpió unos instantes-. Eloy y yo comimos en el hospital mientras Maribel permanecía un par de horas en observación, le practicaron una cesárea -susurró.

-Gracias, Rosario. Ha sido usted de gran ayuda.

Tedesco comprendió que la entrada que Maribel sostenía en su mano era su nota de despedida. Al disponerse a morir voluntariamente Maribel quiso señalar la razón de su mayor aflicción. Señaló a su hijo.

Cortesía de la editorial La Esfera Cultural

 

© Empar Fernández. Todos los derechos reservados

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