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Sinántropos

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Lo primero que hay que señalar al abordar esta reseña de Sinántropos (2022) de Carlos Bassas del Rey, es que el lector puede adivinar desde la primera página cuál va a ser el tono de la novela. No va a ser una lectura lineal y entregada en exclusiva a la descripción de los hechos con mejor o peor acierto, por lo general siguiendo un ritmo cronológico, tal y como suele ser el denominador común de la mayoría de las novelas del género. Bassas del Rey apunta maneras de literato antes que de simple cronista de historias. Dicho de otro modo, en Sinántropos se adivina el pujo del autor porque su novela no sea otra historia más de venganza entre quinquis de barrio con un asunto de drogas de por medio. Eso solo es el pretexto para afinar un estilo narrativo en el que lo que destaque sea sobre todo el tono lírico que el autor procura impregnar con insistencia a las descripciones del entorno donde se desarrolla la historia y la presentación de los personajes bajo un manto que oscila entre lo épico a ratos y lo meramente dramático la mayoría del tiempo. Sin embargo, por mucho lirismo que Bassas le eche al asunto, es decir, por muy fino y acertado que esté el autor con el uso de la mayoría de las figuras literarias que emplea en el texto, si bien puede que con excesiva profusión, y siempre al objeto de hacer el inventario de todo aquello que hace del barrio y de los personajes de esta historia de reencuentros y venganzas la argamasa perfecta para una historia que no desentonaría para una tragedia griega e incluso el guion de un western clásico, no deberíamos perder en ningún momento la perspectiva de que, en realidad, nos encontramos ante una historia esencialmente suburbial en la que, para qué andarnos con chiquitas, hay muy poco que no hayamos leído antes en otras novelas del género. Dicho de otro modo, lo que eleva esta novela en la que el protagonista, Corto —supongo que en homenaje a ese otro personaje desarraigado y enigmático que era Corto Maltes — regresa al barrio del que tuvo que huir en su momento forzado por su progenitor y al que regresa, tanto para llevar a cabo su venganza sobre aquel al que responsabiliza de la desgracia de su familia, como para reencontrarse con los amigos que dejó en la estacada, de la mayoría del resto de novelas del género, no es solo el probado oficio del autor para compaginar a la perfección un estilo crudo y directo con otro mucho más lírico y hasta literariamente rebuscado, sino el propósito de ofrecer al lector una historia épica en la que la forma siempre es mucho más atractiva que el contenido, cómo se dicen las cosas más que lo que se cuenta.

El mismo nombre de la novela, Sinántropos, según mi diccionario a mano un organismo no domesticado y especialmente un animal como un ratón, una paloma o un mapache que vive en estrecha asociación con las personas y se beneficia de su entorno y actividades, ya nos da una idea del simbolismo que Bassas quiere impregnar a los personajes de su novela, y en especial a su protagonista, Corto, como individuos esencialmente inadaptados, cuando no salvajes e incluso crueles, pero también prototipos de un entorno muy concreto, el barrio en el que han crecido y del que apenas han salido para otra cosa que no sea asomarse con la intención de regresar lo antes posible. Un entorno del que son incapaces de escapar a pesar de asegurar una y otra vez que lo están deseando, que todo lo que hacen, y en el caso que nos ocupa se entiende que de eso va precisamente el robo de los cuatro ladrillos de cocaína que uno de los amigos de Corto ha birlado al hampón que controla el barrio, el Chino, con el único propósito de poder tener una segunda oportunidad lejos del barrio en que son poco más que como esas alimañas que necesitan arrimarse a otros para sobrevivir.

Sin embargo, no habría historia negra de verdad si todos los planes de nuestros protagonistas salieran a la perfección. De ese modo, todo empieza a torcerse desde el momento en que aparecen uno tras otro los cadáveres de varios de los colegas de Corto y el resto empieza a dudar acerca de la autoría de los asesinatos, es decir, si realmente han sido los secuaces del Chino en su empeño de descubrir a los autores del robo de la cocaína, o acaso cualquiera de los amigos que todavía permanecen vivos en lo que parecería, no solo un intento de quedarse con todo, sino también un ajuste de cuentas por algo que ocurrió antes de que Corto tuviera que abandonar el barrio.

Así pues, el gran acierto de Bassas en esta novela es el de haber sabido conjugar el ritmo frenético de una trama en la que a los personajes se les acaba el tiempo para resolver el embrollo en el que se han metido antes de que los encuentren los sicarios del mafioso de medio pelo al que han robado, eso si alguno de ellos no acaba traicionando primero al resto, con los saltos en el tiempo para saber los motivos que llevaron al padre de Corto a desterrar a su hijo para ponerlo a salvo de un más que probable ajuste de cuentas, y, sobre todo, los relatos sicológicos de cada uno de los personajes y en los que estos se nos presentan como seres esencialmente vulnerables que llevan a cabo sus opciones motivados más por las circunstancias que por una verdadera intención de hacer daño a otros, y en especial a aquellos más cercanos. Un relato en el que la acción se expone con toda la crudeza que es de esperar entre delincuentes sin escrúpulos, gente no solo de la calaña del Chino y los suyos, sino también de tipos tan baqueados por la vida y por lo tanto al límite de todo como Corto y sus amigos. Esta es la parte del relato donde los diálogos merecen ser catalogados como increíblemente eficaces, casi sublimes, en realidad el verdadero fuel de la historia, los que hacen que esta avance incluso arroyando al lector en muchos momentos en su intento por poner orden en su cabeza. Porque alrededor de esa trama exclusivamente criminal están esas otras de Corto y su gente con sus cuentas pendientes entre ellos, con sus familias y el barrio en su conjunto. Y es precisamente en esos momentos en los que el ritmo endemoniado de la historia parece detenerse para que los personajes tomen aliento, reflexionen acerca del lío en el que están metidos, o aprovechen para echar la vista atrás con el fin de adivinar cómo han llegado al punto en el que se encuentran, donde el autor aprovecha para dar rienda suelta al pujo literario que pretende imprimir al texto.

Y no digo yo que no lo consiga, incluso que no encandile a lo largo de la mayoría de las páginas del libro. Como que se trata, ni más ni menos, que de aquello que servidor acostumbra a decir que echa en falta en buena parte, si no la mayoría, de las novelas del género: ambición literaria. Sin embargo, creo que a nadie se le escapa lo difícil que puede ser el equilibrio entre dar rienda suelta a esa ambición literaria, ya no solo legítima, sino incluso necesaria para que una historia no caiga en la vulgaridad narrativa, y obstaculizar, cuando no malograr, lo que, se quiera o no, es el objetivo final de una novela de género como el negro: atrapar al lector. Porque, no nos engañemos, el que se decanta por una novela literaria sabe que disfrutará, y sobre todo estimará, el talento del autor para poner todas las figuras literarias al uso, alegorías, anáforas, hipérboles, metáforas, metonimias, oximorones, sinestesias, etc., al servicio de su obra teniendo en cuenta que en este tipo de textos lo más importante casi siempre es el estilo. Sin embargo, en una novela de género el lector podrá agradecer, o puede que no – como que no son pocos ni nada los lectores de novelas de género que lo único que quieren es que se lo den todo debidamente machacado y a ser posible sin el menor desafío para su compresión lectura, y he ahí precisamente el éxito de ventas de muchas trilogías absolutamente insustanciales por previsibles y tan literariamente planas que a más de un supuesto escritor se le debería caer la cara de vergüenza -, la pretensión del autor en elevar el tono literario de la historia en cuestión, insisto que yo el primero; pero, lo que no perdonará de ninguna manera es que el pujo estilístico del autor se imponga sobre la trama negra hasta el punto de hacerle perder el hilo de esta con la reiteración de esas figuras literarias a las que me refería antes, siquiera ya solo con simples juegos de palabras que ralentizan la lectura e incluso irritan un poco porque, a cierta altura de la historia, se antojan completamente fuera de lugar. Eso es lo que pasa cuando estás metido de lleno en la historia, deseando llegar al desenlace lo antes posible, y el autor te regala una y otra vez sus en apariencia tan sesudas como innecesarias reflexiones sobre la vida en plena faena:

“Todo el mundo tiene un plan:

Braulio tiene un plan:

Corto tiene un plan.

El Moro tiene un plan.

Amín tiene un plan.

El Chino tiene un plan.

Dani tiene un plan.”

Y si por lo menos fuera una sola vez, siquiera un par, todo lo más un capricho estilístico que se permite el autor y que el lector le perdona porque por algo la historia lo tiene cautivo y tampoco está mal rebajar la tensión de vez en cuando para tomar aliento antes de seguir adelante. Pero no:

¨El frío es impecable. El frío es invisible. El frío no tiene cuerpo ni peso ni masa, por eso siempre encuentra el modo de abrirse paso, un resquicio, la fisura más menuda; se desliza por la piel hasta dar con la herida y si te mete dentro. El frio es más listo que el viento. El fío tiene dedos más pequeños que la lluvia.” Y un par de capítulo más tarde: “La luna no calienta. La Luna es una roca muerta. La Luna es un astro fúnebre, un reflector de silicio, magnesio, hierro, aluminio, cromo y titanio que lo tiñe todo de plata vieja. Bajo su luz, los edificios parecen de alpaca y el pavimento de azogue.

Otrosí:

El dolor es bueno. El dolor es sano. El dolor nos dice que seguimos vivos. El dolor es catárquico — repite T mientras lo golpea.

Aquí supongo que, como con todo, se impone la subjetividad de cada cual, que lo que para unos puede resultar un ejemplo de prosa excelsa sin complejos, a otros se nos antoja una desmesura estilística que, no solo ralentiza la trama, sino que además provoca sonrojo.

En cualquier caso, tampoco se trata de un exceso que haga desmerecer la novela en su conjunto, sino más bien la prueba de lo complicado que es mantener ese equilibrio al que me refería antes. Un vicio del estilo del autor que puede que rechine solo un poquito más que otros, como la querencia de este por el lenguaje médico, el cual puede resultar tan interesante como sospechoso de querer epatar al lector y para de contar:

¨los críos que aún no han nacido mueren por preclamsia, por anomalías congénitas o infecciones bacterianas; por hemoglobinopatías, por síndrome antifosfólipido o por isoinmunación RH¨.

            Así pues, vicios que puede que para otros sean virtudes, pero que en el caso de la novela negra pueden resultar peligrosos si al aficionado al género le da por sospechar que lo que realmente pretende el autor es lucirse a costa del género y no al revés. Algo así como lo que hicieron autores de gran prestigio literario como Juan Benet con El aire de un crimen (1980), Carlos Saer con La Pesquisa (1994) o Luis Mateo Diéz con El animal piadoso (2009), cuando les dio por pergeñar su propia novela negra con el único propósito de intentar trascender con su reconocido talento literario un género, el cual además afirmaban no tener en especial consideración, cuyas normas para que funcione están más que establecidas y sobre todo aceptadas. El resultado fue en los tres casos un híbrido que no acabó de satisfacer ni a los aficionados de la novela negra, dado que el resultado se alejaba de todo lo que estos consideran que es propio del género, ni más ni menos que lo que hace que este tenga  tantos seguidores y que no es otra cosa que el interés por resolver un crímen por encima de cualquier otra consideración de tipo literaria, ni tampoco a sus admirandores en la convicción de que se trataba poco más  que un ejercicio de estilo, acaso un mero capricho, que poco o nada tenía que ver con lo que era su Obra con mayúsculas. Pues eso, el equilibrio, que no se nos olvide.

©Txema Arinas. Todos los derechos reservados.

Oviedo, 31/08/2022

EDITORIAL: EDITORIAL ALREVES,S.L
EAN: 9788418584473
IDIOMA: CASTELLANO
Nº páginas: 250

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