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Para entrar a vivir

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Relato


La fuerza de la galerna nocturna contra las persianas desportilladas del viejo barrio no les había dejado pegar ojo en toda la noche. Comenzó pronto, a eso de las diez, cuando todavía quedaban algunos reflejos anaranjados del sol sobre el puerto viejo, pero a partir de las dos de la madrugada el viento se había vuelto indómito, azotando todo lo que se encontraba a su paso desde la costa hasta el propio centro de la ciudad. Los informativos locales, abrían esa mañana con imágenes de varios árboles tronchados junto al edificio histórico de la Diputación.

Los dos hombres miraban adormilados las primeras noticias de la mañana, cada uno en su casa, cada uno en su mundo. Tan solo separados por una calle. Desde hacía años ambos se levantan antes de las siete de la mañana, maldiciendo casi al unísono el tener que despertarse tan temprano para llevar a casa un sueldo tan miserable a final de mes.

El más joven de los hombres desayuna junto a su esposa. Siempre de pie, siempre observando en silencio la televisión enchufada en la pequeña cocina, enclaustrada entre un baño mal diseñado y su habitación. El otro tipo ―apenas unos años mayor, aunque nadie lo diría a simple vista― lo hace sentado en el salón. Solo. Su mujer se levantará un poco después, cuando él esté a punto de salir de casa. En ambas vidas, sobre la encimera y la mesa del comedor se repiten los primeros alimentos de la jornada; café recién hecho, tostadas semiquemadas de pan correoso del día anterior y mermelada de marca blanca.

            Antes de alimentarse de manera robótica, los hombres han seguido un protocolo de higiene personal casi idéntico. Ellos no lo saben, no lo sabrán nunca, pero actúan casi a la par, siempre con el mismo orden establecido. Tras un afeitado profundo la ducha rápida, para después buscar en el armario el traje comprado en las oportunidades de Cortefiel y ahorcarse un poquito cada día con la corbata regalo de las últimas navidades. Tras ello, el beso de despedida a sus mujeres ―un ligero roce de labios en realidad― que no les hacen demasiado caso. La última ojeada a sus hijos, aún felizmente dormidos a la espera de un rutinario nuevo día de colegio, y el deprimente chasquido de la puerta a sus espaldas. Puede que incluso ambos silben una melodía similar, desafinada y estúpida, mientras descienden por los escalones de falso granito buscando la calle. Vidas casi paralelas salvo por el mínimo detalle de que el hombre de mayor edad, desde un par de años atrás, cada vez que se asoma para despedirse de sus hijos se encuentra con una de las dos camas vacía.

Un rato después, en la plaza cercana, donde la boca del metro comenzaba a tragarse inmisericorde los sueños de cientos de hombres y mujeres, los dos tipos ―primero el más joven, acto seguido el otro―, entran en el mismo bar. Allí, absorbiendo los únicos minutos de libertad que les brindan familia y trabajo, se relajan. El más joven lleva toda la vida, prácticamente desde el mismo día en que se mudaron al barrio, haciendo allí su parada matinal; café solo, corto de café y sin azúcar, periódico y alguna charla insípida, sobre deporte o política, entre mirada y mirada despistada al culo de la camarera. El otro tan solo llevaba una semana frecuentando aquel lugar; café cortado con doble de azúcar, cara de pocos amigos y ninguna charla anodina. Solo observación.

            Para cualquier espectador neutral, aquellos dos tipos comunes y corrientes mantenían las mismas costumbres, la misma monótona rutina, salvo por otro pequeño detalle. Uno de ellos llevaba encima un revólver.

Ese hombre, era yo. Reconozco que llevar un arma en el bolsillo derecho de mi americana no era lo mejor para pasar desapercibido, pero les aseguro que nadie se percataba de mi existencia. Hasta la camarera de culo apretado tardaba en darse cuenta de mi presencia en la barra. También he de confesar que, desde hace una semana, la misma que llevo entrando a ese bar a primera hora de la mañana, madrugo para nada, porque me han echado del trabajo. Pero hay que mantener las apariencias, por eso me tomo el café en silencio, y cuando el hombre que vive en mí misma calle sale del bar, para dirigirse a su trabajo, lo sigo.

Así lo he hecho durante los últimos días, pero quédense tranquilos, pues no es una obsesión. No, nada de eso. Tan solo necesito matarlo.

Me ha supuesto mucho dinero y tiempo llegar hasta aquí. Me ha ocasionado incluso la pérdida de mi trabajo, y no descarto que pronto nos cueste la casa que no vamos a poder seguir pagando. La vida es una mierda.

Hace un mes la suerte, o la mala suerte no sé, hizo que al salir de mi oficina lo viera en la puerta de una inmobiliaria junto a un joven matrimonio. A la mujer la reconocí de inmediato; rubia de bote, altiva, de sonrisa falsa e hipócrita hasta la médula. Aunque tal vez, pensé por primera vez en ese momento, tan solo era una estúpida. Una de esas pijas que lo tienen todo. Evidentemente no me caía bien, pero no me lo tengan en cuenta, tengo mis motivos. El hombre que la acompañaba no necesitaba presentación; era uno de los abogados más famosos de la ciudad, niño de papá y dueño del bufete más prestigioso de la zona norte del país. El tercero en discordia ya lo conocen, mi pobre vecino. Nunca he hablado con él, solo lo conozco de vista, pero le va a tocar pagar el pato. Ya he dicho que la vida es una mierda.

Lo observo mientras entretiene el último café sentado en una mesa junto a otros dos tipos que, como él, hablan más de la cuenta y se comportan a modo de orangutanes en celo cada vez que la camarera dominicana pasa junto a ellos.

Mientras remuevo el café para deshacer el azúcar pienso en lo rápido que ha sido todo. ¿Quién me lo iba a decir? Desde el primer día que los vi me sentí inquieto. No pude dejar de pensar en ellos, por lo que comencé a invertir la mayor parte de las horas de mi jornada laboral en merodear por la zona de la inmobiliaria, pero la pareja no volvió por allí. Sin embargo, mientras mi jefe ya empezaba a amenazarme seriamente con ponerme de patitas en la calle, comencé a seguir a mi vecino; el vendedor. Creo que en el último mes lo he acompañado, mientras él enseñaba pisos y locales de lujo a la flor y nata de la ciudad, en no menos de una docena de veces. Pero no sería hasta hace unos días, después de un largo viaje por carreteras costeras, estrechas y serpenteantes, cuando mi vecino se reunió de nuevo con aquel matrimonio. Los seguí desde lejos, con unos prismáticos que guardaba en el maletero, viendo cómo visitaban un par de suntuosos chalés asentados en mitad de la naturaleza. Los inspeccionaron durante un buen rato, para después marcharse cada uno en su vehículo sin haber cerrado ningún trato. Al parecer, mi vecino no era capaz de dar con la tecla del gusto arquitectónico de la pareja.

Desde que me quedé en el paro he ido tirando de mis ahorros, de los ahorros de mi familia, de lo guardado para pagar la universidad de los niños. Del niño perdón, no me acabo de acostumbrar a la perdida de la pequeña. Siempre he sido un poco del puño cerrado, guardando todo lo posible, pero en ese instante pensé que había llegado el momento de gastar. De invertir, más bien.

Después de una constante observación de la inmobiliaria, me percaté de que en ella trabajaban al menos una decena de vendedores. De todos ellos solo uno me interesaba. Solo uno tenía la llave de mi redención, de la de mi hija. Me costó ganarme su confianza, haciéndome el encontradizo en diferentes restaurantes a la hora de la comida, en los pubs de moda después del trabajo, pero al final lo conseguí. Me costó un millón de pesetas el soplo ―sí, a veces sigo hablando de los precios, sobre todo de los elevados, en pesetas―, pero lo conseguí.

Aquel vendedor estaba a punto de ser despedido, al igual que yo, pero él ya tenía otros planes, me dijo. Yo en los últimos días le había dejado caer, aprovechándome de la información que él mismo me había dado, que estaba interesado en reventar una venta a los que pronto iban a dejar de ser sus jefes, y él, considerando que no le habían tratado como alguien con su currículum merecía, no puso ninguna pega. Tan solo quería pasta, por lo que decidió creerse que yo buscaba robarle a su empresa los clientes más exclusivos que habían tenido en el último lustro. Bien por él.

De ese modo conseguí que me diera el chivatazo. Así supe que esa misma mañana, a primera hora, su aún compañero ―mi vecino― había quedado con el joven matrimonio en otro pueblo de la costa; al final de otra carreta sinuosa decorada con acantilados de piedra casi negra y tajos imposibles, para enseñarles un nuevo chalé de lujo cerca de una playa donde hasta hacía no muchas décadas se levantaba un sanatorio para niños tuberculosos.

Esa era mi oportunidad.

Pensé mucho en dónde hacerlo. Todas las mañanas se tomaba el café sentado de espaldas a la puerta, por lo que me hubiera sido muy fácil sorprenderlo allí. Lo que pintaba peor era salir del bar libre de polvo y paja. Además, tendría demasiados testigos. No era eso lo que buscaba. No quería publicidad, sino tranquilidad para actuar, por lo que decidí que lo haría en el garaje donde guardaba su viejo coche; al final de la avenida, muy cerca ya del Puente Colgante y de la ría. A esas tempranas horas no debería de haber demasiada gente.

            Desistí de taparme la cara con nada, era casi verano y lo único que hubiera conseguido sería llamar la atención de todo el vecindario. Sin embargo, cuando empecé a descender por la rampa de acceso al garaje sí que saqué una gorra del maletín. Caminé tranquilo, no me importaba que mis pasos resonaran en el suelo. Al fin y al cabo, lo que iba a sonar poco después iba a ser más ensordecedor. Lo vi trasteando en el maletero del coche, de espaldas, por lo que me acerqué despacio. Cuando me encontré a unos pocos centímetros de su espalda carraspeé, tan solo lo necesario para que notara mi presencia y girara la cabeza noventa grados. Lo justo para que entendiera que alguien le iba a disparar. Me pareció lo más cortés.

            Apunté a su cabeza y apreté el gatillo una sola vez. Su cuerpo se desmadejó a mis pies, y tan solo tuve que agacharme para arrebatarle el teléfono móvil del interior de la americana y agarrar su maletín de trabajo. A cambió deposité el mío, uno viejo que tenía por casa en cuyo interior había metido la noche anterior unos cuantos periódicos viejos, a sus pies. Podía haberle robado, es verdad, pero me arriesgaba a que tuviera tiempo de llamar al trabajo y cancelar la cita que tenía establecida con el joven matrimonio. A veces lo más sencillo era cortar por lo sano.

            Al girarme para salir de allí me alegré de haberme tapado la cara con la sombra alargada de la visera, pues de pronto me percaté de que, al fondo del garaje, en la parte trasera de un coche mal aparcado, había una mujer mayor, una anciana que lo había presenciado todo. ¿Qué quieren? No soy un profesional. Hasta hace una semana me dedicaba a gestionar expedientes de regulación de empleo en una gestoría.

            La semi penumbra de aquel subterráneo había jugado a mi favor, por lo que dudo que la mujer pudiera reconocerme. Además, cuando clavé mi mirada en ella, todavía con el arma en la mano derecha, la mujer giró su cabeza. Posó la mirada en el cabecero del asiento delantero, dándome a entender que ella no había visto nada, que no quería saber nada de aquella escena que seguramente le traía a la cabeza reminiscencias de un pasado no muy lejano. Pude haber acabado con ella, pero decidí seguir mi camino. No podía arriesgarme a que la persona que había dejado el coche en mitad del pasillo, seguramente porque había olvidado algo en su casa, volviera y me pillara allí. Además, tampoco quería malgastar una bala. No sabía las que podía necesitar y no tenía más que las que iban en el tambor del viejo revólver que había heredado de mi padre.

             Salí rápido de aquel lugar, pues supuse que no pasaría demasiado tiempo hasta que alguien diera la voz de alarma y que la zona quedara cercada por las cintas balizadoras de la Ertzaintza, mientras los flases fríos del equipo forense se dedicaban a iluminar, con espasmos de luz blanquecina, aquel lugar telúrico. Entonces la vieja hablaría, vaya si hablaría.

            Una vez que conseguí montarme en mi coche, aparcado un par de días antes en una calle transversal, busqué en el móvil de mi vecino ―que en paz descanse― algún mensaje del matrimonio, pero no encontré nada. Tuve algo más de fortuna al fisgonear en la agenda que llevaba dentro del maletín. En la página del día tenía apuntado el nombre del famoso abogado, junto a la hora y un teléfono de contacto.

            Hice la llamada para disculpar al vendedor que ese día no iba a poder presentarse a la cita, pues, aseguré con mi voz más apenada, había sufrido un accidente casero que lo había llevado al hospital. Nada grave, les aseguré. El marido, que era quien había contestado a mi llamada, accedió a que fuera yo mismo quien les enseñara la casa ese día, pues había cambiado varias reuniones para tener la primera hora de la mañana libre y además ya iban de camino. Confirmamos la hora y el lugar de la cita antes de colgar. Por suerte, los llaveros de los diferentes manojos llevaban escritos la dirección completa de cada una de las viviendas que mi vecino tenía pensado mostrar ese día.

Tuve que aparcar junto a la estación de metro, ya que el puente que daba acceso al casco histórico estaba cortado por obras. Caminé, cruzando la villa lo más rápido posible, pues ya llegaba tarde. Al fondo, impacientes junto a la puerta de la iglesia, los vi. Él, un poco apartado de ella hablaba de manera acalorada por su móvil, mientras golpeaba arrítmicamente con la suela de su zapato italiano sobre el piso de piedra. Ella, por su parte, se entretenía mirando una y otra vez su reloj de diseño.

Al verme aparecer, nada acostumbrados a que un mindundi como yo los tuviera a la espera, ambos marcaron una mueca poco halagüeña en sus rostros. Por mi parte, intenté dibujar en mi cara una sonrisa ladeada, que quiso ser de suficiencia pero que se quedó en cara de idiota.

De manera inmediata me di cuenta de que la mayor de mis preocupaciones se disipaba por completo tras presentarme, pidiendo perdón por el retraso y la mala pata de mi compañero. Ella no me reconoció. Supuse que era lo normal, como mucho mi cara le sonaría de algo; uno de esos rostros insignificantes, pueriles. Una cara tan anodina como la del resto de perdedores que se cruzaba a diario en las calles del centro, cuando salía a hacer sus compras. El chofer siempre la acompañaba, pues después de lo que le sucedió un par de años atrás, había leído en algún recorte de sociedad, no había vuelto a conducir. Aún le duraba el disgusto por cómo dejó el coche recién estrenado y por la bronca que le echó su marido al enterarse del accidente.

            Tal vez, pensé mientras caminábamos en dirección a la casa que habíamos venido a visitar, se hubiera acordado de mí si se hubiera dignado a venir al entierro de mi hija, o si se hubiera acercado al hospital durante el día que estuvo agonizando después de que ella la atropellara a la puerta del colegio. Aquella mujer que ahora caminaba junto a mí, se saltó un semáforo y dio positivo en la prueba de alcoholemia. Cuando llegué al lugar donde los médicos atendían a mi hija, aquella tipa solo se mostró preocupada por el gran golpe que le había dado a su reluciente Mercedes todoterreno. Ni tan siquiera se acercó a balbucear un perdón ante unos padres descompuestos por el dolor.

            No quedaba mucho hasta nuestro destino, pero yo solo tenía ojos para intentar ocultar las leves gotas de sangre que habían saltado desde la cabeza de mi vecino, salpicando el pedazo de camisa que asomaba por debajo de las mangas de mi chaqueta. Las oculté como buenamente pude, aunque dudo mucho que ninguno de aquellos dos engreídos se hubieran percatado de ello. Cuando el hombre cortó una llamada y me preguntó si faltaba mucho, tuve que hacer un esfuerzo extra para masticar el dolor que salía del interior de mi cuerpo. Ese tipo, abogado prestigioso, y su dinero, fueron los que consiguieron que su mujer, a pesar de que el juicio rápido la condenase por homicidio y omisión de socorro, fuera ingresada en un hospital, de donde saldría apenas unos meses después para cumplir el resto de la condena en arresto domiciliario. Algo que evidentemente no había sucedido, pues nadie vigilaba ni perseguía a gente como aquella.

            Cuando finalmente abrí la puerta de roble de la vivienda, que daba a un gran recibidor que desembocaba en el salón principal, el hombre ya había vuelto a engancharse al teléfono, donde sin duda estaba solucionando un vital asunto para su empresa, mientras que la mujer, sin tan siquiera dignarse a mirarme a la cara, me interrogó por todos y cada uno los servicios que ofrecía la casa. Quería saber si todo estaba en orden, o tendrían que hacer alguna reforma.

            ―Nada, quédese tranquila ―aseguré, mientras sacaba el revolver del bolsillo de la americana y la encañonaba―. Está lista para entrar a vivir.

© Eduardo Fernán-López. Octubre 2022. Todos los derechos reservados.

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