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Greng jai*: No se moleste

RelatosGreng jai*: No se moleste

GRENG JAI*: NO SE MOLESTE

Por Francisco Concepción.

Este relato forma parte de la Antología «Lecciones de Expertos Asesinos»


*En Tailandia, es «el sentimiento de no querer aceptar una oferta de ayuda por las molestias que causaríamos»

Estaba desangrándome, decapitado y con la tripas esparcidas sobre la acera cuando se me acercó un señor:

-¿Cómo está? -me preguntó sin mucho interés.

-Bien -respondí desde mi nueva óptica con el cachete pegado al suelo.

-¿Seguro? -volvió a preguntarme mirándome incrédulo.

-Sí, muy bien. No se preocupe, no quiero ser una molestia.

-Que tenga un buen día – y prosiguió su camino.

Yo quedé allí desangrándome, casi ya sin sangre que perder, decapitado y con la tripas cada vez más esparcidas, intentando no molestar a nadie. Pero de inmediato comprendí que iba a necesitar ayuda. Que mi nueva condición era compleja. Mi cabeza, de manera sorprendente regía, pero necesitaba de alguien o algo que ejecutase sus decisiones. Mi cuerpo estaba a un escaso metro,  pero me ignoraba, era evidente que se había producido un divorcio entre nosotros. Lo reconocía, había pasado muchos años sobre él, pero se me antojaba como un extraño, no respondía. Le ordenaba que me cogiese entre sus manos y que me colocase otra vez sobre sus hombros, en donde había nacido, y que todo volviese a ser como siempre, pero estaba encallado en la acera como un cetáceo.

Comprendí de forma inmediata que necesitamos del cuerpo casi como del oxígeno. Que una cabeza solterona es una mierda. Que podía permanecer indefinidamente sobre la acera varado sobre mi pómulo derecho. Algo que me pareció bastante denigrante. Comencé a tener muchas dudas, no sabía si «yo» era mi cabeza, «yo» residía en mi cabeza o «yo» era un pensamiento o ente que pululaba camino de algún lugar. Lo que indiscutiblemente seguía sintiendo es que era «yo», sin saber en donde residía, ahora, concretamente. Me pareció increíble que hasta en esa circunstancia emergía mi exacerbado egocentrismo.

-¡Señor, señor!… por favor -alcé la voz desde ras del suelo, reconsiderando aceptar la ayuda que me había ofrecido. Era la única persona que se me había acercado, no cuento al perro que me lamía el tajo que tenía en el cuello. El resto miraba y continuaban su paso bordeándome o cruzando de acera. El hombre volvió su mirada y desanduvo los pasos.

-¿Dígame? -me preguntó mirándome desde arriba. Las cosas de la vida, unos minutos antes sería yo quien le estuviese mirando desde lo alto, apenas medía un metro setenta.

-No pretendo molestarle, pero quisiera pedirle si me puede acercar mi cuerpo. O mejor que me acerque, a mí, hasta él, si no le fuese mucha molestia. -Me dí cuenta que había pedido que me acercaran el cuerpo, dando por sentado que mi cabeza era el centro del universo. Ni pensé que mi cuerpo podía estar pidiendo lo mismo, algo que bien podría hacer, por ejemplo, con señas. Pero no lo hacía.

-No es ninguna molestia, pero creo que será inútil. Ustedes ya están divorciados, nunca más se entenderán. Pienso que cada uno debe tomar su camino. -Me respondió con tal solvencia que me quedé sin réplica.

Volví a mirar a mi ex-cuerpo. Afortunadamente mi cabeza había quedado orientada sobre la acera de tal manera que aún podía verle. Las nuevas limitaciones que tenía empezaron a aflorar como una primavera vigorosa. El hombre tenía mucha razón, mi ex- había quedado muy deteriorado. El tajo del estómago tenía muy mal pronóstico y lo de las tripas iba a ser un puzle complicado de recomponer. Era el diagnóstico que tenía desde mi nueva óptica, desde el denigrante suelo. Comprendí como se pueden sentir los insectos y los perros, esos del tipo yorkshire; incluso los niños, mirándolos siempre desde arriba. Me di cuenta que no existe mejor fórmula para entender al prójimo que ocupar su lugar, pero ocuparlo de verdad. No vale eso tan manido de «Te comprendo. Me pongo en tu lugar»

La gente al ver que el hombre estaba a mi lado, ya no me bordeaban tanto a su paso. Como si ya no fuese contagioso, como si el problema fuese de otro. De niño recuerdo, como los desconocidos se acercaban a las personas que habían tenido un percance en la calle para socorrerlas, o por lo menos interesarse. Eso era pasado, ahora me miraban con recelo y por asociación también a mi ex-. Era obvio, todos asociamos una cabeza a un cuerpo, una cabeza divorciada no es algo habitual. O por lo menos que mantenga cierta autonomía. El perro seguía lamiéndome.

-Bien, ¿y qué me propone? -le pregunté a hombre, como si hubiese vivido lo mismo en otro momento.

-Sin duda su cuerpo le será un lastre. Ya no le servirá de nada y en breve aparecerán los carroñeros, siempre llegan antes que la morgue. Así que le propongo que nos vayamos, me refiero a su cabeza, antes de presenciar como su cuerpo se convierte su botín.

En la mayoría de las ciudades, desde hacía años, habían nacido mafias que comercializaban con los cadáveres que dejaba la calle. Organizaciones criminales que se nutren de los suicidios, accidentes y asesinatos. La morgue está desbordada desde hace tiempo, apenas cubren un ínfimo porcentaje de la demanda de servicios que se producen. A los fiambres, siempre, llegan primero los carroñeros, que cuentan con una red de informantes casi en cada esquina, a cambio de una miserable comisión por cuerpo. En estos tiempos cualquier actividad que te permita comer parece lícita. Por contra, el Estado apenas existe. Cualquier servicio: sanidad, protección, justicia, alimento… es patrimonio exclusivo, solo de quién podía pagarlo. Las instituciones siguen existiendo por inercia, nadie acude a ellas. Nadie puede entrar en ningún edificio público si no es por la fuerza, dinero o una recomendación.

La mafias existen de todo tipo, color y actividad, pero los carroñeros, llamados así por su afición a la carroña y a los fiambres, obtienen sustanciales ganancias convirtiendo restos mortales en múltiples mercancías: implantes dentales, cintas uretrales, tratamientos para arrugas de mujercitas de millonarios, o el más rentable: el transplante de órganos. Ha surgido una industria paralela a los fiambres que promueve tratamientos y productos que literalmente permite que los ciegos, solo los que tienen dinero, volver a ver mediante trasplantes de córneas y que caminen los discapacitados motrices, reciclando tendones y ligamentos para utilizarlos en la reparación de rodillas, caderas y médulas. Una industria movida por un poderoso apetito de ganancias y cadáveres frescos, que incluso aprovechaban los cuerpos vaciados de todas sus partes re-utilizables para fabricar pienso para animales. Nada se desaprovechaba.

El hombre me sujetó de los pelos -digo me sujetó, pues me sigo considerando una persona, no una simple cabeza- y me llevó camino de su casa. En el camino iba dejando un hilo de sangre que fue menguando a cada paso que recorríamos. A nuestro lado marchaba el perro. Mi cabeza pendía de la mano derecha del hombre, casi a la altura del can, que cada cierta distancia recorrida me daba un  lengüetazo. A los días entendí que, los lametones del perro habían actuado como cauterización, cicatrizando el tajo producido por la decapitación. Así me convertí en una especie de busto o escultura que me permitió asentarme o erguirme sobre mi propio cuello. Atrás había quedado la humillación de permanecer recostado sobre uno de mis cachetes. Había recobrado alguna dignidad.

Nunca había pasado por el proceso de una separación o un divorcio, ni sentido la pérdida de alguien ni de algo querido. No estaba acostumbrado. Jamás he sentido la necesidad de compartir mi vida con nadie, ni siquiera con un perro. Nadie merecía compartir la vida que llevaba, y mucho menos el final que yo preveía. Pero esos días sí que noté mucho la falta de mi cuerpo. Llevaba muy mal ese divorcio forzado. Los días eran interminables. El hombre, con el apenas había hablado, y del que tampoco sabía su nombre, me había puesto sobre la mesa del comedor y allí permanecía. Me percaté de la utilidad que era emplear el tiempo de forma baladí. Ese tiempo que empleamos en ir a mear, en prepararnos un bocadillo, ducharnos, en ir a tomar un vaso de agua o en asomarnos a la ventana a ver cómo pasa la vida… esos instantes nos permiten abstraernos del inmisericorde y lento paso de los minutos.

Como dije, echaba mucho de menos a mi cuerpo. Asumí que lo único que podía hacer era mover los ojos analizando cada rincón de la casa, parpadear y darle mil vueltas a mis pensamientos. Desde mi posición apenas veía una pared blanca, sobre la que colgaba el retrato enmarcado de una mujer. Aparentaba unos treinta años y no tenía nada que pudiese destacar. No era fea, tampoco guapa. Una de esas mujeres que si levantas una piedra y sale una manada. Así que, la mayor parte del tiempo lo empleaba una y otra vez en enumerar y recordar cada una de las cuarenta y siete vidas que había sesgado y como había sucedido. Exactamente habían sido cuarenta y tres hombres y tres mujeres. Ya sé que la suma no cuadra, pero sobre una de la vidas que mandé al otro barrio, nunca supe si catalogarla como hombre o mujer. Era una especie de travesti operado. Un trabajo que me pagaron muy bien y que fue bastante sencillo.

-¿Cómo se encuentra? -me preguntó el hombre sin mucho interés.

-Bien -le respondí desde mi nueva condición de busto decorativo.

-¿Seguro? -volvió a preguntarme mirándome incrédulo. Se repetía el mismo diálogo de nuestro primer encuentro.

-Sí, muy bien. No se preocupe, no quiero ser una molestia. -¿Cómo se llama? -pregunté.  Necesitaba saber algo del hombre que me tenía acogido sobre la mesa de su comedor.

-Eso importa poco -respondió sin mirarme. Permanecía todo el día sentado en el sofá fumando, con los ojos cerrados mientras escuchaba música clásica. Solo se levantaba al baño o a la cama. Yo no es que fuese un gran conversador, pero por lo que puede comprobar durante días, él menos. No nos habíamos dirigido la palabra.

-Me llamo Eduard. Eduard Corbett -traté de poner un poco de mi parte, necesitaba hablar. Nadie imagina lo aburrido que resulta ser una escultura. Uno de esos bustos que en el pasado instalaban en la ciudades para recordar a los muertos ilustres.

-Usted es Corbett el Certero -me disparó. Siempre había desconfiado de la gente silenciosa. El muy hijo de puta sabía quién era yo.

-Bien, ya tiene mis cartas sobre la mesa. Ahora juguemos. ¿Cómo se llama usted? -volví preguntar.

-Me llamo Salvatore Mendez. Y creo que soy policía.

-¿Cree que es policía? ¿Y quién lo sabe?-Ahora sí que me tenía desconcertado.

-Me pagan por ello desde hace años. Pero es una profesión desfasada.

Resultó que Salvatore sabía que yo era un asesino a sueldo. Llevaba aproximadamente diez años siguiendo mis pasos. Que me apodaban El Certero, pues jamás fallaba en los encargos que recibía. Empleaba un solo disparo. Acertaba siempre, y lo hacía, de forma invariable, entre ceja y ceja. Me bastaba una sola bala, todo muy limpio. Esa era la única huella que dejaba en mis trabajos.

Solo he necesitado la punta del hilo de un ovillo para tirar y desenmascarar vidas con todo detalle. Y ahora tenía un reto y tiempo. La respuesta que me había dado Salvatore Méndez, respecto a su profesión, coincidía con la película que yo me había montado en mi cabeza sobre él. Era policía, una profesión al mismo nivel en cuanto a desfase e ineficaz como ahora eran los relojeros, o los ya desaparecidos profesores. El mejor símil para su labor era el que me ponía mi padre de pequeño «intentar vaciar el mar con un dedal» y para colmo la poca agua que vaciaban en alguna ocasión: pequeña delincuencia, asesinos chapuceros y sin padrinos y maleantes de tres al cuarto, la vertían por los desagües de la justicia a base de comisiones o miedo. Encuadraba a Salvatore como uno de los millones de individuos que vivían en la soledad de sus paredes, sin esperanza y preguntándose a donde había ido a parar el mundo que conocieron de niños. Pasaba la cincuentena de años.

-Bien… si ya sabe quién soy ¿no me va a detener? -pregunté haciéndome el nuevo.

-Déjese de mariconadas… ¡¿Llevo a comisaría una cabeza?! Usted ya está preso de sí mismo. ¿Puede imaginar una condena peor?

-Yo ya era consciente, hacía muchos años, que mi vida no iba a terminar en uno de esos aparcamientos para viejos. Internados de pago, custodiados por seguridad privada, para que no vendan su cuerpo por una mierda de billetes. Siempre pensé que acabaría tiroteado. Pero nunca imaginé tener un final como éste.

-Desde hace años las personas valen más muertas que vivas. Eso ya lo sabe – me respondió Salvatore.

-No creo que me hayan cortado la cabeza y vaciado el estómago para venderme como recambios.

-Pues, siento decirle que sí. Es así de simple y crudo.

-¿Y quién lo hizo? No alcancé a verlo -pregunté con la esperanza de que Salvatore supiese algo.

-¿Sus víctimas tuvieron la oportunidad de conocer quién las mandó al otro barrio? -me preguntó en tono algo molesto. Hasta ese momento había mostrado educación y serenidad. La música clásica ya me había dado las primeras pistas de que debía tener un carácter moderado. Hacía años que no la escuchaba. Apenas quedaban reductos de ese género.

-Mis víctimas no me conocían, ni yo a ellas. Eran encargos de altas esferas. No se trataba de un negocio de venta de fiambres. No he trabajado nunca por calderilla, no soy un simple delincuente.

-Eso ya lo sé. Sé quiénes son sus principales clientes. Quienes le encargaban los trabajitos. Es por lo que andaba tras usted… pero no para detenerle -La última parte de la frase casi la balbuceó. Pareció que se le derramó entre los labios.

-No le entiendo. ¿Qué quiere decir?

Corbett el Certero se convirtió en mi obsesión. Pedía siempre las grabaciones de imágenes de la zona y el entorno de cada uno de sus asesinatos y nunca aparecía. Ni una sombra. Tampoco una prueba que me llevase hasta usted. Estaba a punto de abandonar tras tantos años de trabajo infructuoso.

-Soy un profesional. Matar es un arte sublime. Lo que hacen hoy en cualquier esquina es carnicería, incapacidad, enfermedad… vicio. A mí cada día me costaba más. Todas la calles están super video-vigiladas, en cada esquina hay una cámara. No existe una persona viva que no esté geolocalizada. Resulta imposible trabajar. Ya somos dos los que pensábamos abandonar y mire, aquí estamos.

-Las carnicerías que se realizan cada día en la ciudad hace años que no se persiguen. ¿De que sirven las cámaras? No sirven ni de disuasión. Ni se persiguen a los delincuentes, ni existe ley que los juzgue, el sistema está colapsado. Si hoy retiramos de la calle a cien delincuentes, mañana reclutan a doscientos. La gente necesita comer. Perdí la esperanza. La poca energía que me queda la empleo en tratar de ir a la punta de la pirámide. Allí donde están las abejas reinas, no desgastarme en los peones. Trabajo casi por mi cuenta. No tengo a quién reportar sobre mi labor, no contamos con medios, ni apoyo de nadie… Desconozco cómo sigue funcionando la policía. No tengo ni idea ni de como se financia. Solo sé que a final de mes cobro. La delincuencia y el crimen son los gobernadores de esta sociedad. Cada uno debe velar por su propio culo y protegerse.

Lo que me contaba Salvatore era algo que ya conocía. Pero lo más importante es que, tras varios días, por fin, sabía algo sobre la persona que me tenía sobre la mesa de su comedor. Y empezaba a darme cuenta y a tratar de asimilar mi nueva condición. No era un descerebrado, tenía cabeza y regía bastante bien. O por lo menos a mi me lo parecía. Pero sabemos que todos los locos la primera frase que te sueltan es «yo no estoy loco». Tampoco era un tetraplégico, pues no tenía extremidades inmovilizadas, pero sí que me había convertido en un incapaz, un impedido, un imposibilitado, un inhabilitado, un insuficiente… la lista de mi nueva condición era infinita.

No todo eran desventajas. No sentía hambre. Algo lógico al carecer de estómago, ni consumir energía. Tampoco tenía necesidad de ir al baño. Lo más que hacía, bueno… casi lo único, era dormir. Creo que el sueño era el nuevo combustible que me mantenía en funcionamiento. Pero me surgió una curiosidad: ver como había quedado mi deseo sexual. Sabemos que reside en la cabeza; no en la de abajo, que ya no tenía, sino en la de arriba, pero no estaba en el escenario más propicio para textarlo. Salvatore no me inspiraba y menos aun, la mujer del retrato de la pared. Reparo que siempre me refiero a mujer cuando no me atraen, aunque sean jóvenes. Y digo chica cuando están buenas.

Volví a reflexionar sobre la frase que se le había escapado a Salvatore. ¿Si andaba tras de mi tantos años y no era para detenerme, qué pretendía? No parecía una persona con mal fondo. Tampoco transmitía ningún tipo de deseo o interés que pudiese interpretar. Solo pesadumbre, soledad e infelicidad… Aunque diría que, desde hace mucho tiempo, ése es el perfil del noventa por ciento de la población. Incluso yo me veía reflejado en él. Algo se me escapaba, algo no alcanzaba a ver.

Pensé que lo mejor era convertirme en explorador. Giré, lo más que pude, mi vista hacia la izquierda de la habitación. Descubrí en una esquina, sobre una especie de mesita auxiliar, un reloj. Era un reloj con manecillas. Hacía tiempo que no veía uno tan antiguo. Casi había olvidado como leer la hora en agujas. Marcaba las 5.25, pero era evidente que serían las 17.25, pues entraba luz por la ventana y recordé que esos relojes no tenían un sistema que marcase 24h.

-Salvatore, ¿sería mucha molestia acercarme hasta la ventana? -le pregunté al hombre que permanecía, en el sillón, como siempre, con los ojos cerrados escuchando música. -Me aburro.

-No, no me importa. A ver si comienza a entender que a partir de ahora va a necesitar de ayuda para cualquier cosa.

-Lo entendí hace rato. Pero no me gusta molestar. -Nunca me ha gustado pedir favores. Que recordase jamás había solicitado ninguno, no he sido merecedor de ellos.

-Para lo que hay que ver, le recomendaría que mejor se queda ahí donde está.  -Salvatore se acercó a la mesa y me sujetó con sus manos a la altura de cada oreja para transportarme. Hasta su casa me había traído sujeto por los pelos. Avanzábamos en nuestra relación. Nunca había tenido un amigo, ni nadie con quién hablar más allá del dinero y sobre personas a las que liquidar.

Salvatore me colocó con cuidado sobre el alféizar de la ventana. Miré hacia abajo, había bastante altura. Calculé que estábamos aproximadamente en el piso decimoquinto. No sentí miedo. Apenas hacía unos días si hubiese caído de dicha altura moriría; ahora tenía dudas. La ciudad estaba igual. Era la misma mierda, así que miré al cielo: la misma polución. Toda la vida nos hemos autoengañado, tenemos el cielo como una puerta de escape, como la última esperanza.

Corría septiembre, los días aun eran largos y el reloj marcaba las 17.25h., había bastante luz y el cielo estaba despejado, me extrañó distinguir a la luna. Allí estaba. Una media luna tenue campeaba en lo alto. Siempre ha sido un verso libre. Puede tener insomnio y saltarse el protocolo que no pasa nada. Se lo permitimos. Me pregunté que pasaría si el sol hiciera lo mismo. Si hiciese acto de presencia un anoche a las 3 de la madrugada. Siempre han existido los privilegios.

-Salvatore, ¿porqué me andaba tras de mí? ¿Qué quiere? -desenfundé.

-Ya no tiene importancia. No puede ayudarme. -me respondió con desgana e indiferencia. Se levantó y me colocó frente al retrato de la pared.

-No entiendo -otra vez tenía ante mi a aquella mujer corriente, común, ordinaria…

-Era mi vida. Todo.

-Le juro que yo no me la he follado, ni la mandé para el otro barrio. Puede estar seguro.

-No sea cabrón. Eso ya lo sé.

-Pues sea un poquito más preciso.

Salvatore me relató como uno de los principales clanes de la ciudad se la habían arrebatado. Lo hicieron como venganza por haberles inculpado en un delito. Crimen que ni siquiera llegaron a juzgar ya que habían untado a toda la maquinaria de la justicia. Desde entonces se había convertido en un alma errante. Contaba con pruebas para inculparles, pero daba igual. Así que buscaba resarcirse, pero él nunca había empuñado un arma. Era incapaz de quitarle la vida a una cucaracha por asquerosa que fuese. Tampoco tenía el valor o la cobardía de quitarse su propia vida. Pensaba que yo era su hombre, ya que nunca fallaba y jamás dejaba huella. Quería seguir manteniendo su nombre limpio, su conciencia y reputación. Sería policía hasta la muerte. Solo pretendía hacer justicia, la que no ejercía quién tenía la competencia atribuida. Tampoco lo hacía la divinidad.

-Salvatore, ¿tiene un revolver?

-Cuando ingresé en la policía me asignaron un arma, pero nunca la he utilizado. -Mi anfitrión marchó a la habitación continua. Entredí que en busca del arma -¡Aquí está! -Regresó con ella en la mano como quien porta algo contagiado.

-¿Pero… ¡ésto que es!? -Salvatore traía una Walther P99. Hacía lustros que no veía un revolver sin mira digital, que disparase munición de fuego y de forma mecánica.

-Mi arma reglamentaria. Ya le comenté que no contamos con medios. Bienvenido a la policía.

-Servirá. Solo hay que apuntar entre ceja y ceja con convencimiento. Y eso a usted le sobra.

-No seré capaz.

-Iremos juntos. Yo seré su voluntad.

Salvatore tenía muy controlados cada uno de los movimientos del jefe de la banda que había mandado a ejecutar a su esposa. Lo había seguido y estudiado durante años. Conocía cada rincón que frecuentaba, las amistades, lo que desayunaba y hasta la frecuencia con la que sufría estreñimiento. Su vida solo tenía un objetivo: hacer justicia por su mujer. Pero le fallaban las agallas, la sangre fría ejecutora. Nunca era el momento, ni el lugar. Era consciente de que sería un intercambio de vidas. Habitualmente lo escoltaban muchos hombres. Salvatore siempre pensó que su hombre era Corbett el Certero, pero ahora resultaba que yo era una simple cabeza, pero sería suficiente.

Antes de ejecutar cualquier trabajo tengo una irremediable costumbre: ir a la peluquería a cortarme el pelo. Siempre lo hago. Me gusta cumplir con una serie de protocolos, que más parecen manías de viejo. A parte de ir perfectamente aseado y afeitado, me gusta también estrenar traje y llevar el revólver limpio como una patena. En este caso lo del traje podíamos olvidarlo, como resultaba obvio. Así que le pedí a Salvatore que revisase el arma y la limpiase, y que posteriormente me llevase a una peluquería.

Comprobamos que el arma estaba limpia y cargada, enfundándola en una cartuchera en el cinturón. Me volvió a sostener por debajo de las orejas y me metió en una especie de mochila de espalda, la cual dejó entreabierta para que pudiese mirar y hablar mientras nos dirigíamos hasta una barbería cercana.

Las barberías son algo que ya nadie frecuenta. El barbero estaba, como era de esperar, solo. Saludó a Salvatore y le ofreció sentarse. Éste declinó. Le indicó que quién necesitaba el servicio era yo. Así que me sacó de la mochila. El barbero, un viejo ducho, que seguro guardaba cientos de secretos, ni se inmutó al verme. Acomodó un taburete adicional sobre la silla para alzarme y poder verme en el espejo, y comenzó su trabajo. No sé que han tenido siempre las peluquerías, que cuando te sientas y te tocan la cabeza empiezas a soltar por la boquita. Los peluqueros siempre han sido como psiquiatras baratos.

Mientras el barbero estaba afilando la navaja para afeitarme, sí extrañamente aun afeitaba a navaja, Salvatore vivía anclado a la tradición, se asomaron a la puerta de la barbería tres críos. Se les veía un poco nerviosos y uno de ellos, de forma pilla, gritó «¡¿Aquí afeitan huevos?!». De inmediato el barbero los miró y salió a su encuentro, navaja en mano «¡Sí, afeito huevos y también pollas! Venid que se las voy a dejar rasuradita!» Los niños partíeron a correr a toda leche. Me recordaron a las pillerías que hacía yo de chaval. Era una sorpresa ver a unos niños tan pequeños solos en la calle. No tardarían en ser fiambres para repuestos. Estaban muy cotizados.

Una vez cortado el pelo y afeitado nos dirigimos a nuestro objetivo. No estaba lejos. Yo iba atrás en la mochila y Salvatore caminaba en silencio. Muy dispuesto. Habíamos trazado el plan más absurdo que existe. Pero para matar solo se necesita determinación y sangre fría. Asumíamos que sería un intercambio de muertes.

Llegamos al destino, era un lujoso piso en el centro de la ciudad, vigilado por seguridad uniformada y varias cámaras. El chofer de nuestro objetivo ya esperaba en la puerta con un Cadillac blindado. Éramos sabedores que el encuentro era inminente. Salió del edificio. Salvatore me alertó «Ése es el hijo de puta». A su lado dos matones.

-¡Eh, señor! Mire lo que tengo para usted. -Gritó Salvatore, al tiempo que me sacaba de la mochila por los pelos y me mostraba mano en alto.

– ¡Quieto, no se acerque! -Los dos matones se pusieron en repentina alerta. Ninguno entendía nada.

-Solo quería regalarle esta cabeza. La del asesino de su hermano -Insistió Salvatore. El jefe hizo un gesto que tranquilizó a los guardaespaldas.

-¿Quién es? Preguntó el jefe interesado.

– ¿Le suena de algo Corbett El Certero? -De inmediato el gánster se acercó hasta Salvatore.

-¡Ahora o nunca!,  ¡Ahora o nunca!, -le grité a Salvatore, que sacó su revolver y apuntó de manera certera entre ceja y ceja. Al mismo tiempo que los dos matones lo abatían.

Yo caí por el suelo rodando. Quiero decir que mi cabeza rodó acera abajo, hasta que tropezó con una farola y me detuve. Desgraciadamente tendré que volver a molestar a alguien.

Cortesía de la editorial La Esfera Cultural

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