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Emilia Pardo Bazán y el origen de la novela policíaca en España

OpiniónEmilia Pardo Bazán y el origen de la novela policíaca en España

He leído SelvaLa gota de sangre de Emilia Pardo Bazán, recientemente publicadas por Ézaro en un mismo volumen bajo el título común de Los misterios de Selva. La primera es una novela corta hasta ahora inédita que ha editado el catedrático coruñés José M.ª Paz Gago coincidiendo con el centenario del fallecimiento de la escritora gallega. La gota de sangre (1911) sí se publicó en vida de la autora.

Como se explica en el propio libro, el editor ha trabajado en la recuperación de 170 cuartillas mecanografiadas, desordenadas, en mal estado y con notas manuscritas, encontradas entre el legado que hizo la hija de la autora, María de las Nieves Quiroga, a la Real Academia Galega. Hubo ya otros especialistas que intentaron ordenar el texto para su publicación, pero desistieron al considerar que estaba incompleto e inacabado, con versiones incluso contradictorias. En el prólogo, Paz Gago considera, por el contrario, que solo hacía falta ensamblar «el rompecabezas narrativo». He de decir que, a mi juicio, consigue solo parcialmente el objetivo, la historia que nos ofrece contiene algunas reiteraciones e incoherencias.

Paz Gago dice que Selva, como La gota de sangre, es «una auténtica novela policíaca» con la que la autora «trataba de imitar, perfeccionándolo a su gusto, el modelo de la novela inglesa criminal consagrado por Conan Doyle, a quien doña Emilia leía con asiduidad». Dudo que ambas afirmaciones sean del todo correctas, y para explicar por qué tengo que acudir a la compleja cuestión de qué es una novela policíaca. Quizás en este caso sea mejor acudir a la expresión de «novela criminal» o «novela de detectives» que también se ha utilizado para este género, ya que en las dos novelas protagonizadas por el diletante madrileño Ignacio Selva la policía apenas tiene presencia, sino que se siguen las aventuras de un detective accidental o aficionado.

¿Qué es una novela policíaca? Como en tantas otras materias, hay casi tantas definiciones como definidores, pero voy a basarme en la autorizada opinión de Àlex Martin Escribà y Jordi Canal i Artigas (A quemarropa, 2019) sobre la novela policíaca de tradición británica, aunque iniciada por Edgar Allan Poe. Sus elementos principales son la investigación de un crimen, el reto intelectual que se propone al lector para que resuelva el misterio o el enigma planteado, un detective o investigador como protagonista, frecuentemente dotado con poderes especiales para cumplir con su misión o con una personalidad peculiar, y un final donde todo queda explicado y resuelto. A partir de ahí, caben muy diversas variantes.

En el caso de Los misterios de Selva, creo que faltan esos elementos, o faltan con suficiente peso dentro de la narración. Cierto, hay un protagonista al que Paz Gago presenta como un «Sherlock Holmes castizo», como un detective aficionado. En realidad, Ignacio Selva apenas ejerce de detective, él mismo dice que «juega» al detective, pero investiga muy escasamente, no emplea métodos deductivos ni racionales, ni mucho menos técnicas criminalísticas. Se guía meramente por su intuición, como él mismo reconoce. Por otro lado, en las dos novelas que protagoniza, en los dos casos criminales con los que se encuentra, tampoco hay casi misterio. Desde el principio Selva tiene una sospecha y unos sospechosos que resultan ser culpables. La historia relatada no es propiamente la de una investigación para obtener pruebas sobre el crimen, sino una serie de aventuras y peripecias por las que pasa el protagonista antes de confirmarse, al final de la historia, que su intuición era correcta. Más que imitar a Sherlock Holmes, parece que se burla de él y, en general, de las novelas de detectives. Aunque comparta algunas situaciones con las novelas policíacas, Emilia Pardo Bazán escribe sobre todo una novela satírica y costumbrista, se dedica a hacer la caricatura de una serie de personajes de las clases acomodadas del Madrid de principios del siglo XX.

Todo ello conduce a la no menos espinosa cuestión de cuándo nace la novela policíaca en España. Hay autores que dicen que, precisamente, con Emilia Pardo Bazán y La gota de sangre. Por lo ya dicho, no comparto tal criterio. Otros la anticipan hasta El clavo (1853) de Pedro Antonio de Alarcón. Mi opinión al respecto es similar a la que he expuesto sobre Los misterios de Selva; hay algún tema coincidente, hay un crimen y una investigación, en ese caso a cargo de un juez, pero lo esencial de la historia está en otros elementos, fundamentalmente en una historia de amor y en un destino trágico, temas propios del romanticismo que cultivó Alarcón a tiempo parcial. Otro autor al que a veces se señala como uno de los iniciadores es Joaquín Belda con ¿Quién disparó? (1909), pero es una obra análoga a Los misterios de Selva, mucho más humorística que policíaca. Es algo frecuente en la narrativa española de las primeras décadas del siglo XX, no hacer novela policíaca con toques de humor sino satirizar la novela policíaca en lugar de cultivarla.  Quizás sean autores menos conocidos como el polifacético Emilio Carrere con la novela corta Un crimen inverosímil (1922) o E.C. Delmar (seudónimo de Julian Amich Bert) con El secreto del contador de gas (1932) quienes realmente abran la senda del género policíaco, aunque durante mucho tiempo en España lo que se cultiva es una novela popular que mezcla los géneros de misterio, aventuras y detectives, incluso el esperpento, sin acabar de ceñirse a los límites con los que definimos la novela policíaca. Prácticamente hasta los años 60 del siglo XX, con Francisco García Pavón, no acabará de arraigar el género, y para entonces notará la influencia de la novela negra de tradición norteamericana, más pesimista y crítica, que se centra en los ambientes criminales, la violencia, la corrupción y la tendencia al mal en la naturaleza humana, resultando difusos los límites de ambos géneros, el policíaco y el negro. Tan difusos que hoy a menudo se confunden.

© Miguel Izu. Todos los derechos reservados

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