jueves, diciembre 8, 2022

Efemérides

Carmen Martín Gaite

8 diciembre 1925. Nace en Salamanca la...

Rafael Sánchez Ferlosio

4 diciembre 1927, nace en Roma RAFAEL...

Lope de Vega

25 de noviembre 1562 Nace en Madrid. LOPE...

El crimen de las estanqueras de Sevilla

FIRMASEl crimen de las estanqueras de Sevilla

 Una impactante escena del episodio titulado El crimen de las estanqueras de Sevilla de la serie La huella del crimen

El viernes 12 de abril de 1985 por la noche, TVE-1 emitió el primer episodio de la serie La huella del crimen, la cual recreaba y reconstruía, a través de seis episodios dirigidos por realizadores de consolidado prestigio (Juan Antonio Bardem, Pedro Olea, Vicente Aranda, Ricardo Franco, Pedro Costa Musté y Angelino Fons), varios de los casos criminales más importantes de la historia de nuestro país. En esa primera temporada, los asesinatos cometidos por José María Jarabo en julio de 1958, el caso de la “Envenenadora de Valencia”, que cometió sus acciones en 1959, el famoso “crimen de Fuencarral”, que tuvo lugar en julio de 1888, el caso de la violenta muerte del industrial barcelonés Pablo Casado en 1929, el llamado “crimen de Velate” de 1973 y el asesinato cometido por un capitán del ejército en abril de 1913 fueron trasladados a seis TV-movies que lograron envolver a la serie de un aire mítico y generar una más que positiva recepción por parte del público que llevó a que, en el año 1991, se emitiera una segunda temporada de cinco episodios y se realizara el film Amantes (1991) de Vicente Aranda, a partir de uno de los casos tomados en consideración para dicha nueva entrega de capítulos. Finalmente, en el período 2009-2010, se realizó una tercera temporada, que abordó el crimen de los marqueses de Urquijo en 1980, el secuestro y asesinato de Anabel Segura en 1993 y el caso del asesino en serie Joaquín Ferrándiz Ventura, que mató en Castellón a cinco mujeres entre 1995 y 1996.

Escena de una redada policial en el episodio de la serie La huella del crimen dirigido por Ricardo Franco

La huella del crimen fue creada por Pedro Costa Musté cuya multifacética  personalidad ha quedado reflejada en su singular trayectoria. Empezó a estudiar Económicas pero muy pronto se reveló en él su interés por cuestiones creativas y artísticas al empezar a dirigir el TEU (Teatro Español Universitario) de su Facultad. En 1962, logró acceder a la Escuela Oficial de Cinematografía, diplomándose en 1968. Debido a que no conseguía dirigir ninguna película (ayudando a ello los problemas de censura que sufrían sus proyectos), empezó a trabajar como periodista de sucesos, primero en El Caso, después en Cambio 16, por lo que llegó a tener un conocimiento de primera mano de muchos casos que le servirán, con posterioridad, para llevar a cabo sus proyectos cinematográficos y televisivos. Después de que en 1977 se incorporara al Grupo Zeta, primero en la recién nacida Interviú y en 1980 como corresponsal del grupo, en 1982 vuelve a intentar suerte en el mundo del cine. En 1983, dirige El caso Almería y, dado el éxito y la trascendencia popular que alcanzó la película, es poco después cuando empieza la producción de la serie La huella del crimen. Cada uno de los episodios de la serie en cualquiera de sus tres temporadas daría para un artículo de esta sección. Pero hoy nos vamos a centrar en el que fue el primer episodio de la segunda temporada, el cual, dirigido por Ricardo Franco y emitido el 13 de febrero de 1991, se titulaba El crimen de las estanqueras de Sevilla.

Las declaraciones de los acusados por el crimen tuvieron muchas contradicciones y, además, se retractaron en numerosas ocasiones de las autoinculpaciones que ellos mismos habían realizado

Como el propio título indica, este episodio de la serie giraba en torno a un crimen que impactó con gran fuerza en la capital hispalense a principios de los años 50. Efectivamente, el sábado 12 de julio de 1952, fueron encontradas brutalmente asesinadas en el estanco que regentaba una de ellas en el número veinticuatro de la avenida Menéndez y Pelayo de Sevilla las hermanas Matilde y Encarnación Silva Montero. Ambas tenían cortes en la garganta y numerosas puñaladas en el pecho, lo cual denotaba un fuerte ensañamiento contra ellas. Desde el principio, llamó la atención que no estaba claro que el robo fuera el móvil del delito. Por un lado, el establecimiento como la casa aneja solo presentaban el desorden asociado a la lucha que las dos mujeres mantuvieron con el autor o presuntos autores de los crímenes y no el derivado de un registro exhaustivo del lugar y, además, el dinero de la recaudación semanal del negocio (unas 7.000 pesetas) parecía estar prácticamente intacto (aunque, según las primeras informaciones periodísticas, se pudieron echar en falta algunas alhajas y el dinero con el que, al lunes siguiente, deberían haber cubierto la adquisición de mercancía para el estanco, unas 25.000 pesetas). Por otro, la brutalidad del ataque perpetrado contra las dos mujeres evidenciaba la implicación de una dimensión emocional que casaba mal con una motivación puramente económica o material de la acción. En el ABC de Sevilla del 30 de julio de 1952, salía la noticia de que habían sido detenidos dos hombres como presuntos autores del crimen, José Vázquez Pérez y Lorenzo Castro Bueno, alias ‘El Tarta’, el cual fue apresado por la policía tras haberse enrolado en la Legión. El mismo periódico, el 14 de agosto de 1952, informaba ya de la detención de un tercer sospechoso, Antonio Pérez Gómez, quien también había intentado enrolarse en la Legión pero que fue rechazado por, según contó el ABC, padecer una enfermedad venérea. Desde el primer momento, la información proveniente de las fuerzas policiales subrayaba que no había dudas sobre la autoría de los crímenes a pesar de que nada se llegó a averiguar sobre el posible dinero robado ni sobre las armas utilizadas para el doble asesinato (que habrían sido arrojadas al río Guadalquivir). Adicionalmente, Lorenzo Castro Bueno y Antonio Pérez Gómez marcharon para Madrid con el objetivo de alistarse la misma mañana de los hechos por lo que había que forzar al máximo el relato para encajar la presencia de ambos en el lugar del crimen a la hora en que el mismo pudo perpetrarse. Por ello, buena parte de la opinión pública sevillana comenzó a poner serios reparos al cierre tan precipitado de las pesquisas.

Momento de El crimen de las estanqueras de Sevilla en el que se recrea el juicio por el caso

Estaba claro que José Vázquez Pérez, Lorenzo Castro Bueno y Antonio Pérez Gómez eran delincuentes habituales pero, hasta ese momento, únicamente habían cometido delitos menores (José Vázquez Pérez, por ejemplo, tuvo que comparecer el 31 de enero de 1954 ante un tribunal por el robo de una bicicleta efectuado en julio de 1952) y en ningún caso habían llevado a cabo acciones que se aproximaran a la violencia puesta de manifiesto en el crimen de las estanqueras. Además, los indicios eran muy débiles y dicha debilidad se puso de manifiesto de forma dramática en el juicio. Las declaraciones de los acusados y la reconstrucción de los hechos en el propio estanco durante la instrucción del sumario fueron un cúmulo de agujeros negros, retractaciones y contradicciones (sobrevolando en todo momento la sospecha del uso de la coacción y la fuerza por parte de la policía para lograr arrancar las autoinculpaciones). El principal testimonio, el de otro delincuente en prisión, conocido como ‘El Ojitos’, se basaba en que José Vázquez Pérez le había propuesto el robo de un estanco pero, cuando le pidieron que reconociera al acusado que le había hecho la propuesta, señaló a la persona equivocada, lo cual ponía seriamente en duda la veracidad de sus afirmaciones. Los términos de las confesiones de los procesados contenían tal cantidad de tecnicismos que era imposible que, dado su nivel cultural, hubieran salido de sus labios. A pesar de todo ello, y a pesar de los esfuerzos de su abogado defensor, Manuel Rojo Cabrera, fueron declarados culpables y sentenciados a la pena de muerte, la cual fue ratificada por el Tribunal Supremo en julio de 1955. Los tres condenados fueron ejecutados por el procedimiento del garrote vil el 4 de abril de 1956, a pesar de las clamorosas peticiones de indulto, que fueron impulsadas por el religioso fray Hermenegildo de Antequera (interpretado en el episodio de la serie por Fernando Guillén Cuervo), quien estuvo al lado de los condenados hasta el mismo momento de su ejecución. Posiblemente, la causa de una investigación tan defectuosamente efectuada fue la alarma social provocada por el doble crimen y la urgencia por lograr una rápida resolución del mismo. Los acusados fueron tres cabezas de turco que resultaban especialmente vulnerables por su condición de delincuentes habituales, su falta de recursos económicos y su bajo nivel cultural (a lo cual se unía la condición homosexual de dos de ellos, lo cual fue utilizado torticeramente para desprestigiarlos a nivel moral y personal), que les hizo casi imposible defenderse de las acusaciones, a pesar de la fragilidad con que estas estaban fundamentadas.

Fray Hermenegildo de Antequera (interpretado por Fernando Guillén Cuervo) acompañó a los acusados durante su estancia en prisión y estuvo con ellos hasta el mismo momento de cumplimiento de la sentencia

El episodio correspondiente de la serie La huella del crimen reconstruye con precisión y claridad las principales circunstancias del caso, aunque intentando conservar una cierta distancia con los hechos reales. Así, por ejemplo, la localización elegida para el estanco no guarda ningún parecido con el entorno de la avenida Menéndez y Pelayo donde sucedieron los trágicos acontecimientos e, igualmente, los nombres de los tres condenados (interpretados por Rafael Díaz, Antonio Dechent y Felipe Vélez) fueron modificados y no corresponden a los nombres reales de las personas que fueron efectivamente acusadas por el doble crimen. Pero el resto de acontecimientos es retratado con bastante fidelidad, reconstruyendo los elementos cruciales de las investigaciones, el proceso judicial y la aplicación de la sentencia, con alguna salvedad. Así, no se puede descartar al cien por cien que hubiera habido un robo ya que no se llegó a aclarar si faltaban o no algunas de las joyas de las víctimas ni tampoco qué sucedió con el dinero destinado al pago de la mercancía (aclarar esos puntos hubiera servido para ayudar a aclarar con mayor exactitud las circunstancias del crimen y, posiblemente, a perfilar mejor la identidad del posible criminal). Y lo que puede parecer un elemento ficticio de gran eficacia teatral, que es la revelación realizada por el auténtico asesino bajo secreto de confesión a fray Hermenegildo de Antequera, sucedió realmente. Efectivamente, Pedro Costa, para documentar con mejor veracidad el guion, contactó y habló con el religioso (que, para entonces, había colgado los hábitos) y le contó que, veinte años después del asesinato de las dos hermanas, un hombre, en el confesonario, admitió que había sido el verdadero autor del crimen, llegando a entrar en detalles que no habían sido hechos públicos y que solo podía conocer alguien que hubiera estado presente durante los hechos. Manifestó que no se arrepentía de la acción cometida pero sí de la muerte de los tres inocentes que habían sido erróneamente condenados.

Fray Hermenegildo de Antequera tuvo que vivir cómo un hombre le confesó ser el verdadero autor de los crímenes, dando detalles que la policía no había hecho públicos.

En el imaginario popular, surgieron varias teorías alternativas a la versión establecida como oficial. Alfonso Grosso, en su novela El crimen de las estanqueras, partiendo del hecho de que las dos hermanas, en su Estepa natal, en los primeros momentos de la Guerra Civil, delataron a muchas personas de izquierdas, que resultaron finalmente fusiladas, construyó la teoría de que el hijo de una de esas víctimas fue el autor del doble crimen en venganza por la muerte de su padre. Cuando emitieron el episodio en televisión, mi padre me contó los rumores que circularon por la ciudad y que apuntaban a una persona muy concreta, que nada tenía que ver con la motivación de origen político propuesta por Alfonso Grosso. Al día siguiente, yendo en el autobús de vuelta a casa desde la facultad, una señora mayor estaba hablando del programa y del caso y también dijo que quien, en el último momento, había confesado su crimen en sede religiosa era la misma persona a la que mi padre apuntó, por lo que se trataba de una creencia bastante arraigada y consolidada entre los vecinos de la ciudad en los años 50. Para constatar que, a pesar de que habían transcurrido casi medio siglo desde que acontecieron los hechos, era un caso que había impactado con fuerza en Sevilla, hasta mi profesor de Sociología habló del asunto en clase, contando que, unos años antes, había hablado con un magistrado de la Audiencia Provincial. Mi profesor le explicó largo y tendido las debilidades de los indicios con que se decidió la condena y no entendía cómo esta había sido posible. La respuesta que le dio el juez hubiera helado la sangre a cualquiera:

–De todas formas, esa gente era carne de horca.

Setenta años después, en los registros de los tribunales aún constan José Vázquez Pérez, Lorenzo Castro Bueno y Antonio Pérez Gómez como autores materiales del asesinato de Matilde y Encarnación Silva Montero y, en ningún momento, se ha planteado ni su rectificación ni un reconocimiento de todos los errores acumulados a lo largo del deficiente proceso judicial.

© Texto. José Manuel Cruz. Octubre 2022. Todos los derechos reservados. 

Otros contenidos

La hija ejemplar

Carmen Martín Gaite

Obsesión

La hija ejemplar

Carmen Martín Gaite

Obsesión

Lucia Etxebarria

Julián Ibáñez

Dominique Lapierre

Ver otras etiquetas

Artículos más populares

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies